31/03/2026

El canto del cisne de un resentido que quiso ser millonario de un día para el otro

El mileísmo le arrojó a un argentino común un cargo que exige haber pasado del honor al horror. Adorni quiso mantener la familia, la mujer colectora y hacerse rico rápido, mientras atacaba periodistas en Casa Rosada. Ahora solo queda el cadáver animado: un chivo expiatorio que tapa casos mayores y sufre en público lo que el poder le cobra.

Por Esteban Schmidt. A la Jefatura de Gabinete se llega siendo millonario, no en medio del trámite; y con cicatrices, habiendo pasado algunas veces del honor al horror, de la luz a la vergüenza. Se llega con los hijos entrenados en el arte de la simulación, y no aprendiendo de golpe, un domingo a la noche, las nuevas rutinas que no se pueden contar el lunes en la escuela.

El mileísmo, un emprendimiento único y aluvional, excepcional, delirante, le tiró encima a Manuel Adorni, un argentino del montón, un cargo para el que le falta mucha sopa, y al que sólo había aplicado con dosis monumentales de alcahuetería sobre otra amateur, Karina, una buscavidas egoísta y corta, con menos política que la revista Anteojito. Todo esto junto era un muy mal pronóstico para lidiar con profesionales del poder.

Y Manuel las quiso todas: mantener a los nenes en el mismo colegio, mantener a la misma mujer, que la mujer funcionara de colectora de ingresos, hacerse millonario, “sobrar” a los periodistas de la sala de prensa y usar el nombre de Dios en vano. Y todas no se pueden.

Así que la última rueda de vitalidad, con fotos y movimiento de expedientes, que hizo esta semana deja ver el cadáver animado de un resentido que llegó a destino, pero muerto: el canto del cisne, el lento embalsamamiento del que quiso ser —y fue—, y que, como una mariposa, se desesperó por el fuego pensando que era el sol de la mañana y ya se extingue.

Cuando parece que zafás para el campeonato resulta que te estás cagando la vida.

Lo que sigue, normalmente, es el gran acuerdo parasitario que se les ofrece a los que no pueden seguir —por causas naturales o judiciales— para acompañar la deriva de un gobierno: callados y desde la banquina, guardando los secretos hasta la tumba del que entierren primero. Es difícil mantener a un enriquecido ilícito en el gobierno mientras la inflación se le caga de risa al presidente, los trabajos formales se destruyen, no cabe un Uber más rodando por Callao y, para el Mundial, falta un montón.

El caso Adorni escaló con gran velocidad: unió a la prensa adicta y a la contrera, encontró jueces y fiscales trabajando las 24 horas y, desde adentro del gobierno, no cesó la predisposición a perjudicarlo. Un verdadero chivo expiatorio que, además, tiene la misión inesperada de cortinear un caso de corrupción más grande, el de Libra, y que toca la puerta de los hermanos a cargo del Ejecutivo. Es el principal incentivo para dilatar su caída.

Nuestro Estado subdesarrollado, con instituciones pobres de carácter y ética, es un escenario donde pequeñas y grandes decisiones que dependen de una firma hacen millonario al que está ahí afuera vendiendo café para los ministerios o resmas de papel. Y, sori el cinismo, es ridículo, realmente, que el funcionario interviniente no se comisione en este formato. Es demasiado fácil hacerlo, a veces hasta obligatorio, porque las valijas, para que circulen por abajo, tienen que subir, y el inframundo estatal puede dejar de funcionar si se rompe esa cadena. Y, normalmente, no jode a nadie.

Bien dijo Adorni, en su conferencia de prensa antológica sobre la designación del periodista Marcelo Grandío en ATC, el hombre de la dádiva que proveyó el charter a Punta del Este: “Te puede gustar más o menos, pero tiene su trayectoria”. O sea: impuso una arbitrariedad con el mínimo respaldo curricular necesario para guardar las apariencias, y como único criterio. En cargos como el suyo, hacés lo que se te canta, y la comisión queda latente, sin documentación, a la espera de ser cobrada por aire, tierra o mar.

Es útil citar al último Galimberti cuando explica su conversión a empresario. Palabras más o menos: “Con el quilombo que yo hice, con lo que aprendí, con todos los muertos quemados con fusiles que vi a mi alrededor, después de haber sobrevivido, yo no puedo hacer menos que guita; no me voy a poner una gomería”. Determinados sacrificios, cuando no cuestan la vida, habilitan al sujeto a vivir sin frenos.

Hay pocas comparaciones entre una guerra civil vista desde el ojo de un comandante que empujaba a matar y morir, y el derrotero de un hombre gris que quiso salir de seco y lo descubrieron. Pero la angustia diaria de vivir en medio de un tembladeral humano dirigido por un presidente cuya salud mental está en entredicho tiene sus consecuencias: es un marco de malos tratos, humillaciones, esperas, contemplación del absurdo y alienación. Así que no fue Adorni, la figura pública, quien habló del deslome en Nueva York, sino su inconsciente sublevado, que protesta y rompe la cuarta pared para sentarse al lado de los espectadores y decirles: “Estoy sufriendo”.

Hay que reconocer que un jefe de Gabinete también es un ser humano. El pibe de oro, Marcos Peña, inmortalizó esta idea en su manifiesto financiado por el CSIS (Fundación Gates, Open Society), con el que luego estiró su mito de hombre público mentalmente sano: el político que entendió todo, que subió y bajó y ahora va a caballo, por los márgenes, como un gaucho desertor del poder. Y que llevó sus preguntas sobre el trámite de sobrevivir en las alturas a la pantalla chica de Spotify —y que comentamos acá en su momento.

Marcos, y me doy cuenta ahora, por el affaire Adorni, se saltó un detalle de la subjetividad del poder, acaso porque no lo vivió así, ventajas de caer desde arriba a los cargos. Y es esta idea loca que puede desarrollar un funcionario: que los privilegios de los que goza son, en sí, una carga. “Otra vez a Nueva York, Betina, ¿podés creer?”. “¿Dónde está este boludo?” (cuando busca al chofer por teléfono). Sé que parece joda, pero pasa.

La misión histórica, el verso ideológico, la narrativa publicitaria sobre la que se asienta un personaje, tapan el sufrimiento que le provoca la botonera y el presupuesto infinito”.

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