El burro Lolo y la zanahoria de la teoría subjetiva del valor

El burro Lolo de Montmartre y la teoría subjetiva del valor.

 

Uno de los lugares más emblemáticos de la colina de Montmartre, en Paris, es la esquina de la rue des Saules y la rue Saint Vincent, donde se encuentra el famoso Cabaret Au Lapin Agile.

Abierto originalmente en 1860 con el nombre de “Au rendez vous des voleurs” (lugar de encuentro de ladrones) y transformado brevemente por un tiempo en un “Cabaret des Assassins” (palabra que entendemos no requiere traducción), el negocio adquirió finalmente su nombre actual gracias a una nueva enseña, que representa un conejo saltando de una cacerola “botella en mano”. La ágil figura del susodicho conejo consolidó el nombre del negocio, alejándolo de las referencias “delictuales” de sus denominaciones anteriores. Aunque no del delito …

 Hacia 1903, el dueño del local, apodado “le père Frédé” organizaba  veladas que reunían tanto a escritores como Max Jacob o Guillaume Apollinaire, como a los “rapins”, apelativo aplicado a pintores como Utrillo, Modigliani, Braque, Derain, Picasso. De hecho existen cuadros tanto de Picasso como de Utrillo que evocan el lugar.

Y entre otras cosas interesantes, le père Frédé también tenía un burro. De mascota.

Ahora, por otro lado, en diagonal al local de Au lapin agile, hay una placita, llamada Dorgeles, en homenaje a Roland Dorgeles. Podemos legítimamente preguntar, “pero ¿quién habrá sido este señor?” ¿Algún artista? No. ¿Científico? No. ¿Explorador? Tampoco. ¿Ministro? Menos.

Pues señoras y señores, la placita Dorgeles rinde homenaje a un es-ta-fa-dor. Con todas las letras. Notable decisión la de andar dedicandoles placitas a estafadores, ¿no? Pero como sea, Dorgeles pasó a la historia, y se ganó su placita como autor de una notable estafa para la cual contó con un “cómplice“ peculiar y varios “partícipes necesarios”.

En efecto, en los primeros años del siglo XX Paris veía nacer nuevas y revolucionarias escuelas de pintura que se iban alejando de la figuración tradicional, y público y críticos se entusiasmaban discutiendo acerca del fauvismo o el cubismo.

Dorgelès reunió entonces a sus amigos, los condujo al Lapin agile y ató un pincel a la cola de Lolo, que así se llamaba el burro del dueño de casa, y colocó un caballete a sus espaldas. Como Lolo tenía la costumbre de agitar la cola cuando uno le ofrecía una zanahoria, luego de un cierto número de zanahorias hábilmente suministradas, el burro había pintarrajeado con su cola numerosas rayas multicolores en la tela, que fue luego titulada  “Puesta de sol sobre el Adriático” y firmada bajo el nombre ficticio de Joachim Raphaël Boronali (un presunto novel pintor “excesivista” de origen italiano, corriente artística también obviamente inexistente).

Expuesta en el Salón de los Independientes, la obra recibió grandes elogios y fue vendida en 400 francos (cifra realmente significativa si tenemos en cuenta que algunos cuadros apenas alcanzaron valores de venta de 10 francos) Para nuestros amigos de la escuela austríaca, ¡una prueba incontrastable de la teoría subjetiva del valor! La obra casual de un burro cualquiera fue valorada por los compradores de su tiempo mucho más que otras “igualmente vanguardistas” de pintores “humanos”. 

Dorgeles hizo entonces publicar un artículo periodístico revelando el engaño, confesión que acompañó de las debidas constancias notariales del caso. Y amén de ello, ¡existen además fotos del burro en pleno proceso de creación!  

El cuadro original de Lolo “alias Boronali” se conserva hoy en una colección privada y ocasionalmente ha sido expuesto en el Museo de Montmartre.

Por su parte, y si es que dentro de nuestros cálculos de utilidad marginal para la aplicación de nuestros euros cabe priorizar la adquisición de la entrada correspondiente, podemos ver una reproducción. O tal vez, si preferimos los “originales”, resolvamos esperar a que su propietario la exponga al público nuevamente, claro.   

      

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