El impuesto a la riqueza que impedía a la mujer usar ropa de color

OPPIA, ORCHIA, FANNIA, DIDIA Y AEMILIA

No. No son nombres de mujeres. Son nombres de leyes. De leyes sobre prohibiciones y restricciones de consumos considerados “suntuarios”, tanto en materia de vestuario como de eventos gastronómicos, dictadas por las autoridades de nuestra tantas veces admirada República romana entre los años 215 y 115 antes de Cristo. Vamos una por una?

Leyes en la antigua Roma

La primera. La pionera. La ley Oppia. Dictada al amparo de la “situación de emergencia” derivada de la Segunda Guerra Púnica contra Cartago, la ley debe su nombre a su promotor, un íntimo amigo de Julio César llamado Gaius Oppius, que por entonces detentaba el cargo de tribuno de la plebe. Como dijimos, la situación de Roma como consecuencia del conflicto bélico en cuestión distaba de ser particularmente “luminosa”. Y por otro lado, muchos hombres habían muerto en los campos de batalla, dejando como herederas de sus patrimonios a esposas, hijas, madres …Qué mejor momento podían encontrar los censores romanos para constituirse en “nobles custodios de la moral” y ”promover la cohesión social” mediante la eliminación de toda ostentación pública de riqueza? (siempre y cuando no fuese la suya, claro)

Así pues, la ley Oppia, dirigida exclusivamente a las “féminas”, resolvió limitar tanto la riqueza que una mujer podía poseer (no más de media onza de oro, y el resto pues a depositarlo en las arcas del Estado) como su posibilidad de vestir ropa multicolor, (y que a nadie se le ocurriera llevar alguna túnica con detalles en púrpura: solo las más altas autoridades, cónsules o senadores, podían llevar tales “detalles”), e incluso se prohibió también a las mujeres el uso de carruajes para trasladarse dentro de la ciudad.

Y ellas, al principio, obedecieron.

Pero cuando la Guerra terminó, en el año 201 antes de Cristo, a los gobernantes “se les olvidó” derogar la ley. Hasta que llegó el año 195 y el tema volvió a debatirse. Tanto el cónsul Catón el antiguo como dos tribunos de la plebe llamados Marcus Junius Brutus y Publius Junius Brutus, abogaban por su continuidad con peculiar énfasis oratorio, y fue entonces que las mujeres romanas “salieron a la calle”.

Se congregaron en el Capitolio, bloquearon las calles de la ciudad y los accesos al foro, e incluso “sitiaron” las residencias de los dos “Brutus”. Y la presión fue tal que finalmente ambos cedieron, cambiaron su voto y la ley fue abrogada. 

La rebelión y la protesta habían surtido efecto.

Pero la ley Oppia había sentado un precedente, y no tardarían en dictarse otras de análogo tenor, siempre al amparo de una épica de base moralista, y todas ellas relacionadas con la vida privada de los sufridos ciudadanos romanos.

Nada menos que otras cuatro leyes, dictadas entre los años 182 y 115 antes de Cristo vinieron a reglamentar los “banquetes” con que los romanos agasajaban a sus amistades. Y así pues, en una escalofriante intromisión reglamentaria en la vida privada, se sucedieron entonces:

Habia que limitar el gasto en cenas en la antigua Roma

En el año 182, la ley Orchia, que limitaba el número de invitados que se podia tener así como los días en que tales banquetes podían tener lugar.

En el año 161, la ley Fannia, destinada a limitar el “gasto en cenas” según las fechas (con distintos importes máximos según que se tratara de días ordinarios o festivos), estableciendo también el tipo de comida que se podía ofrecer (las legumbres y hortalizas quedaban exceptuadas, así como el vino, pero en tanto fuera de producción local y no importado) y hasta el peso total máximo de la vajilla susceptible de ser empleada en el ágape.

En el año 143 la ley Didia, que impuso sanciones para el caso de violación a las disposiciones vigentes, no solo a los anfitriones, sino que las extendió a los proveedores que hubieran suministrado las vituallas para la ocasión y hasta a los propios invitados a tales “cenas ilegales”  

Y en el año 115 la ley Aemilia, que apuntó a los tipos y métodos de preparación de la comida, Por ejemplo, Plinio el Antiguo subraya que la ley prohibía el consumo de aves “cebadas” (o sea que ni las aves estaban autorizadas a incurrir en excesos!)

Definitivamente, cuando los gobernantes se empeñan en conducir los destinos de los ciudadanos por las virtuosas sendas de la modestia, la sencillez y la austeridad, la imaginación legislativa no conoce límites.

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