Cuando el modelo colapse, ¿llegará la hora de las ideas liberales?

Una reflexión sobre la actualidad (y futuro) del liberalismo argentino


Existe una creencia general de que el colapso del modelo de estado benefactor, colectivista y populista es inminente, y que por inercia, este fin de ciclo abrirá una ventana para que el liberalismo tome un lugar de relevancia en la toma de decisiones de nuestro país.

Lo primero es cierto e inevitable. Lo segundo es mucho más complicado, pero no imposible.El colapso económico
Cualquier persona con un mínimo de conocimiento de teoría económica austríaca, podía prever que
2020 iba a ser un año muy duro en materia económica: el default, la caída de reservas, controles de
precios, inflación acumulada, tarifas controladas, el déficit primario, y así podemos seguir por decenas
de ítems más; destacando la tozudez y poca voluntad de la casta política a ceder privilegios, para torcer
un rumbo de decadencia plagado de estatismo, populismo y asistencialismo descontrolado.
Para peor, nos sorprendió la pandemia y, si quedaba algún tipo de moderación o restricción en la clase
política, ésta voló por los aires.


El resto es historia conocida: una cuarentena demencial; la abolición de cualquier restricción que
pudiera existir sobre el gasto público, la emisión monetaria y el paternalismo estatal. Todo ello sumado
a un peligroso avance sobre la propiedad privada, ejemplificado en el caso Vicentín, pero igual de pernicioso en otras cuestiones que pasaron mayormente desapercibidas, como las prohibiciones para presentar quiebras, dobles indemnizaciones o la inmoralidad de regular la intimidad de las personas
por decreto.

En definitiva, un contexto de absoluto relativismo y desdén hacia cuestiones
constitucionales, institucionales y referentes a las libertades individuales.


Si al colapso inevitable de la economía le sumamos la potenciación de todos y cada uno de los problemas endémicos del último siglo, acelerados en particular desde el inicio del siglo XXI; más un deterioro significativo de la seguridad jurídica y la calidad institucional, el resultado solo puede ser uno: una crisis colosal.

¿El colapso del modelo?

El modelo político que siguió la Argentina en el último siglo –en mayor o menor medida, claro está- se puede sintetizar en: déficit fiscal crónico monetizado emitiendo deuda o moneda; proteccionismo comercial; corporativismo y crecimiento del Leviatán a través de dos elementos centrales: el marco regulatorio (la planificación) y el marco asistencialista (el estado benefactor), con especial creatividad por parte de nuestros políticos en la invención de derechos positivos, los llamados “derechos sociales”.

En el día a día, ¿cuál de nuestras acciones no está regulada, subsidiada o gravada por el Estado? O para peor, ¿cuáles son los mecanismos limitadores al poder público, que aún se encuentran funcionando como fueron originalmente pensados?

Se estima que la población argentina es de 44.5 millones de personas. Según datos del Ministerio de Desarrollo Productivo (un nombre que refuerza mi argumento), el 89% de la población vive en un hogar donde alguno de sus miembros percibe algún ingreso del Estado. En otros términos, 21 millones de personas tienen sus ingresos garantizados por el Estado. Relativo a la pobreza, se estima que la mitad de la población se encuentra en ese estado y que la pobreza extrema alcanzará el 16% a fines de este año.

Si el objetivo de un modelo socialista/colectivista es alcanzar la total planificación económica y social del individuo y los medios de producción, sometiendo la propiedad privada bajo este yugo regulatorio y el instrumento para alcanzar estos fines es el asistencialismo, bajo la promesa de una “supuesta” seguridad e igualitarismo; entonces podemos decir que el modelo socialista lejos se encuentra de un colapso, más bien todo lo contrario.

Para tomar un ejemplo, en las elecciones presidenciales de 2019, Alberto Fernández fue elegido en primera vuelta con casi 13 millones de votos, lo que representó el 48%. ¿Cuál es entonces el porcentaje REAL de gente que demanda colectivismo? Los votos que cosechó el Frente de Todos, equivalen a la mitad de la gente que recibe al día de hoy, ingresos del Estado. Entonces se combinan dos incentivos nefastos: por un lado el político presto a “solidarizarse” cada vez con mayor cantidad de personas necesitadas y por el otro, el ciudadano que no está dispuesto a perder su asistencia y que posiblemente (me remito a la historia) vuelva a aceptar el argumento de la recuperación cíclica, las culpas a agentes externos como la pandemia y culmine en definitiva, reemplazando un burócrata por otro que se ofrezca como una mejor solución que el anterior, sin modificar nada del propio modelo colectivista.

Agreguemos, a mi entender, el punto central de este análisis, que es el trabajo de adoctrinamiento en la religión colectivista del Leviatán, diseñado desde la educación estatal y ejecutado sea por gestión del propio estado o privada, ya que los planes de estudio son en definitiva, diseñados por el planificador.

El movimiento liberal

Debido al impulso que tomaron las ideas liberales en los últimos años gracias a la divulgación, confrontación y DEBATE de ideas en el espacio académico, público, virtual y mediático, hoy podemos ver un renovado interés y defensa de los ejes centrales de la filosofía que son: Libertad, individualismo, igualdad ante la ley, respeto por la propiedad privada y límites al poder público.


Inclusive, se puede verificar una creciente representatividad en los jóvenes, quienes con su entusiasmo e idealismo, “ganan” la calle, como se suele referir y como se pudo verificar en la pasada manifestación del 17 de agosto.

Desde ya, no soy quien para opinar sobre la conveniencia o no de competir electoralmente, ya que en
definitiva cada uno es libre de hacerlo.

Pero si, me siento en la necesidad de señalar que es clave tener en claro cuál es el fin de la acción a tomar. Concretamente, me refiero a si el objetivo planteado es por ejemplo, obtener bancas en una legislatura, cargos en la administración o, influir con las ideas en la sociedad.

Por supuesto que no son objetivos excluyentes uno del otro, pero uno apunta a un objetivo cortoplacista y el otro mira el largo plazo. Uno puede operar cambios significativos, el otro, se encontrará limitado por el propio sistema al que intenta derribar desde adentro.

Creo que en este punto la anécdota de Hayek con Fisher, sirve de excelente ejemplo al respecto.
Si por lo expuesto anteriormente, comprendemos que una amplia mayoría de la población no demanda liberalismo, sea por adoctrinamiento, por no renunciar a privilegios adquiridos o simplemente por desconocimiento o inclusive, simplemente por no entendimiento de las ideas liberales o porque en definitiva es un cuerpo de ideas evolutivo, contra intuitivo; todos aspectos que lo hacen exigente y riesgoso, tanto como pensar y decidir por uno mismo.

La conclusión que surge invariablemente es que se debe incentivar esa demanda y la única manera de lograrlo en divulgando las ideas

Por ello, la llamada “Batalla Cultural” es la madre de todas las batallas y por lejos, mucho más importante que la inmediatez y velocidad de la coyuntura y el humor político.
Es cierto que se está abriendo una ventana de oportunidad, como también es cierto que la manera de provocar un verdadero cambio, es a través de transformar el paradigma y para ello se requiere de tiempo, dedicación, trabajo, paciencia, perseverancia y especialmente coherencia.

Por último, solo resta señalar que cada voto que obtiene la casta política es mediante la promesa de dádivas. Cada voto que obtenga un espacio liberal, será ganado únicamente por la persuasión, claridad y cohesión de las ideas y su respectiva materialización.

Por lo que la observancia y el respeto absoluto por los principios antes nombrados, en cualquier aventura electoral que se tome y especialmente en cuanto a alianzas con otros espacios que no enarbolan como bandera nuestros principios, se convierten en condición sine qua non, para el futuro del espacio y la batalla que compartimos. No sea cosa que en la ansiedad bien intencionada de querer torcer el rumbo de la historia, comprometer la integridad de las ideas termine resultando en un daño mayor al que se busca reparar. El fin no justifica los medios.

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