25/04/2026

¿Cuál es el colmo de la pobreza?

En el primer semestre de 1871, Buenos Aires fue azotada por la fiebre amarilla. Una peste que mató a 14.000 de los 190.000 habitantes, que desbordó hospitales y lazaretos, que despobló la ciudad, que exilió en una “cuarentena” interminable a los sobrevivientes. No hubo bancos, escuelas, iglesias, comercios. Nada. Hubo días donde murieron 500 personas (el promedio era de 20). ¿Cómo se salió de ese clima de guerra y desolación?

La Comisión Popular: ayuda privada, la verdadera solidaridad en tiempos de peste

¿Quién salvó a los sobrevivientes de esa calamidad? ¿Cómo se reinventó una ciudad que había quedado semiabandonada a su suerte?  ¿Hubo “IFE”, subsidios, bonos?

Martín Krause y Alberto Benegas Lynch (h) responden: “los ciudadanos tomaron la tarea de luchar contra el flagelo con sus propias manos. (…) La iniciativa individual creó una organización que fue muy útil pero que no se perpetuó luego cuando el peligro había dejado de existir”. Y así relatan la creación de un organismo voluntario, la Comisión Popular, ayuda medular para los que debían levantarse y levantar la ciudad de las cenizas. No fue el Estado el que salvó a los sobrevivientes de la fiebre amarilla. Fueron los propios ciudadanos, la iglesia, los empresarios, la gente rica y la gente pobre, cada una voluntariamente, la que donó recursos para evitar más muertes y pobreza.

Es solo un ejemplo que ambos referentes liberales relatan en su libro “En defensa de los más necesitados”, escrito en 1998 pero con una reveladora y profundísima claridad conceptual que le da una vigencia extraordinaria. Tanto que ahora, Benegas Lynch (h) y Krause actualizarán en un coloquio que realizarán, convocados por Cedice y Libertad y Progreso.

Krause y Benegas Lynch (h) desarman el discurso oficial de la “ayuda al pobre” que sostienen a los gobiernos de todos los colores y signos. Explica que el Estado benefactor no existe y que solo la filantropía es válida cuando se ejerce entre privados y con recursos propios.

La ayuda del Estado, en realidad, no es más que el acto de repartir patrimonios de otros para recibir agradecimientos y compensaciones políticas (votos). Se genera una cadena de dependencia (los pobres necesitan cada vez más recursos y el Estado más patrimonio para solventarlos). El tema es que el hilo se corta en algún lado y justamente es en el sector productivo, cada vez mas vapuleado.

Esto funciona así casi sin interrupciones de signos políticos. Si la ayuda es del Estado no es filantropía, porque la solidaridad real se hace cediendo recursos propios (no dar lo que sobra sino lo que el otro necesita).

Entonces, hablar de la “ayuda del Estado” es un parloteo vacío que solo aumenta esa tremenda brecha entre riqueza y pobreza. El Estado camina apoyado sobre los pies de los pobres y amputa el derecho más vital de todos: el de la libertad.

Porque cada plan, subsidio, programa, AUH o como quieran llamarlo genera ministerios, secretarias, subsecretarias, direcciones, reparticiones, oficinas, formularios y otros recursos que fagocitan buena parte de la libertad de una sociedad.

El Estado, en nombre de los pobres, ejerce el derecho más avasallante que existe, y es el derecho “al bolsillo ajeno”. “Mete mano” en recursos privados –a través de la máquina de impuestos y restricciones- para disponer de esos recursos. No hay libertad. Y tampoco hay paliativos para los pobres.

Acerca del libro

Con claridad conceptual y rigor histórico, Benegas Lynch (h) y Krause relatan cómo el mundo gasta billones de dólares para combatir la pobreza y cómo ésta persiste en el mundo. El choque entre “políticas públicas” e “inversión privada” es inevitable cuando se comparan cifras y resultados. Explican, en el libro, cuál es la política en países como Estados Unidos y cómo fueron las primeras manifestaciones de ayuda a los pobres. Que fue, por cierto, de origen privado. Hasta que llegó Fundación Perón y todo comenzó a desvirtuarse.

Emblema de populismo, la Fundación Eva Perón inauguró una forma de hacer asistencialismo que aún se practica: el personalismo, la propaganda partidaria, la institucionalización de la pobreza, los “derechos sociales” que anula las libertades individuales. De ahí en adelante, sobran los ejemplos.

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