El poder necesita límites … y la democracia también

CON LA DEMOCRACIA (NO) SE COME, NI SE EDUCA.

Dentro de la extensa galería de temas que las ideologías colectivistas  han apropiado del liberalismo, quizás sea la democracia el de mayor trascendencia y mayor tabú para analizar y criticar. Considero que no existe tema alguno producto de la razón humana que, mientras sea con argumentos sólidos y defendibles, no pueda ser refutado o sometido a nuevas interpretaciones. Dicho esto, es oportuno antes de entrar en materia, recordar que los más reconocidos autores liberales/libertarios del último siglo (Hayek, Mises, Rothbard, etc) se mostraron de una forma u otra, contrarios al concepto de democracia ILIMITADA.

¿Qué es la democracia? Es el sistema político donde la suma del poder recae en la ciudadanía.  La misma puede ser directa o indirecta, siendo esta ultima donde el ciudadano delega su poder a sus representantes, quienes son elegidos por el voto directo, de los ciudadanos.

A su vez podemos diferenciar el modelo de democracia liberal que surge luego de la Revolución Inglesa y cuyo paradigma fue la formación de los Estados Unidos. Un modelo basado en los límites al poder, la protección del individuo y de la propiedad, la igualdad ante la ley, el derecho tanto a votar como a ser votado y a rebelarse ante los atropellos del poder.

Todo ello apoyado en un ordenamiento jurídico apoyado en el reconocimiento del Derecho Natural y la piedra fundamental que representan las constituciones nacionales.

Más cerca en el tiempo aparece el modelo socialdemócrata, basado en una concepción de la democracia con eje en el estado como dador de derechos,  orientado a la justicia social y el bien común.  Su paradigma es el llamado Estado benefactor. Este sistema de democracia indirecta socialdemócrata es el más extendido en el mundo moderno.

Este modelo implica que cualquier límite al poder que establecido desde una visión democrática  liberal, pasa a un segundo plano para la mayoría de sociedad. Aparecen conceptos tales como “colectivo”, “derechos sociales”, “justicia social” o “bien común”. El eje desarrollado por los pensadores liberales de limitación al poder y protección al individuo, queda relegado así, ante la fuerza de la mayoría.

Como menciona Gor Mkrtchian, en su artículo “Tres razones por las que la democracia representativa no funciona” (1) este sistema presenta tres inconvenientes insalvables: escala, agrupación y omisión.

Escala: La representación decrece a medida que cae la proporción entre representantes/representados. Por ej.: en Argentina hay 257 diputados nacionales, que representan a 44.500.000 habitantes. Es decir que cada diputado representa a 173.151 habitantes.  Lo que resulta en que no tenga sentido creerse representado por ellos.

Agrupación: ¿Qué pasa si el político X tiene unas políticas y el político Z, otras y nosotros, los votantes, estamos de acuerdo con algunas de las medidas que propone X y con otras de las políticas que propone Z? El sistema democrático no permite hacer estas distinciones.

Omisión: Todas las campañas políticas se basan en un puñado de propuestas que lanza el candidato. Pero en definitiva, el Estado  interviene en casi todos los aspectos de nuestras vidas. Lo que vicia claramente la elección que pueda hacer el votante.  Es recomendable al respecto conocer el concepto de ignorancia racional, de las Escuela de Public Choise.

A todo esto agregaría el argumento de la fuerza y la irreversabilidad. Siendo la fuerza de la coacción, la forma como el grupo mayoritario de la sociedad impone su voluntad. Por supuesto la fuerza del número no implica la verdad de su razonamiento y ni siquiera representa a la mayoría de la sociedad. Por ej, el 40% de la gente puede votar a favor de algo, lo que supone que el 60% vota en contra de ello.

 Por último la irreversabilidad, donde el votante queda sujeto a poder materializar su voluntad cada 2 o 4 años. Dejando completamente  es un aspecto paródico el alcance de la delegación concedida.

El político tiene como principal incentivo alcanzar el poder y mantenerse en él.  En este modelo socialdemócrata, lo logra prometiendo la mayor preferencia temporal posible, ofreciendo la explotación de la mayor cantidad de recursos públicos, a favor de la mayor cantidad de personas posible, lo más pronto en el tiempo. Citando a Hans Hermann Hoppe “para un custodio público, la moderación solo tiene desventajas” (2)

Pasemos ahora a la democracia socialdemócrata

Al alejarse de la idea liberal de protección del individuo, propiedad y límites al poder, centrando el modelo en el “bien común” se alteran todos los incentivos, tanto del votante, como del político, lo que profundiza aún más las grietas del modelo democrático.

Es fundamental tener presente que los llamados “derechos sociales” van en contra del derecho de propiedad. Que los llamados “derechos positivos” son ilimitados, como las necesidades del individuo, pero en definitiva, alguien los está pagando ya que nada es gratis en este mundo.

Del otro lado, el principal incentivo de una cada vez más numerosa parte de la sociedad, es que acceda al poder justamente quien más esté dispuesto “reparar las injusticias del mercado”.

Por otro lado, el gobierno, para cumplir con algunas de las promesas dadas sólo tiene un camino: expandir el Estado, aumentar el gasto público, lo que deriva en agotar el capital acumulado. Un camino a la decadencia y servidumbre.

Todo esto deriva en un problema aún mayor, de índole moral. El sistema –citando al prof. Huerta de Soto- se basa en el autoengaño. El político miente y el ciudadano sabe que le están mintiendo. Citando a Murray Rothbard, el ciudadano entra en un modo de ”resignación pasiva”. Para peor, fomentando en la sociedad  la ideas de “luchas de clases”, “teorías de explotación” y sin sentidos de este tipo, que sólo suman discordia, odio y resentimiento. Cierra el círculo como expresa Diego Giacomini “la brillantez del marketing (…)De acuerdo con la democracia, somos todos nosotros quienes, a través de nuestros representantes, votamos más impuestos, gasto, emisión monetaria y deuda” (3)

Por lo expuesto, surge que el modelo de democracia socialdemócrata es la antítesis del modelo democrático liberal ya que a la larga elimina cualquier restricción sobre el poder; somete al individuo a la voluntad del colectivo; viola el principio de igualdad ante la ley y ataca directamente a la propiedad, sometiéndola al arbitrio del burócrata y lo que resulta en el crecimiento sin límites del Estado.

Y todo ello lo logra convirtiendo la letra pétrea de las Constituciones Nacionales, en letra muerta o en un catálogo de demagogia política, como el Art.14 bis de la CN nacional. Tomando el principio de división de poderes y mutándolo en una parodia, ya que en última instancia todos los integrantes del  Estado, responden a donde reside el poder y siempre el poder está en el Ejecutivo, donde reside la suma de la mayoría del consentimiento de la expresión de la voluntad pública, es decir: el voto.

El voto, que solo era el aspecto formal de la democracia,  termina convirtiéndose en el aspecto principal de las democracias modernas. Tanto es así, que regímenes dictatoriales como el venezolano o el cubano, se mofan ante la opinión pública (e increíblemente generan dudas sobre estos aspectos en gran parte de la población) declarando que son democráticos tan solo porque permiten sufragar, cuando no existe oposición, ni ningún balance o límite al poder.

Toda esta desnaturalización del sentido democrático, fomenta los peores sentimientos de la sociedad, permitiendo así la aparición de gobiernos como los mencionados, o si se quiere aun más criminales, como la Alemania nazi.

Concluyendo, como menciona el Prof. Jesús Huerta de Soto “La esencia de la democracia es el populismo”(4) y la inmoralidad de su autoengaño.  Entonces… ¿Cómo volver al carácter que imaginaban los primeros pensadores liberales? Mi propuesta es ésta: descentralizar el poder, repensar sus límites y avanzar en la privatización.

DESCENTRALIZAR: Cuanto más pequeñas sean las unidades de gobierno, más control y peso en las decisiones tendrá el ciudadano, acercándolo cada vez más a una suerte de democracia directa. La política necesitará vivir con las consecuencias de sus decisiones, sometiéndose a la competencia directa con otras unidades administrativas.

REPENSAR LOS LIMITES AL PODER: Entiendo que, como aplican algunos países nórdicos, deberá limitarse el ejercicio del voto. Por más impopular que sea, existe un conflicto de interés para quien vive de lo público, para decidir sobre ello.

 A su vez, se deberá aplicar un grado sustancial de aumento de la responsabilidad del funcionario público. Si los políticos cobran un salario por su servicio, se debe considerar que lo hacen con fines de lucro. En ese caso, no deberían estar exceptuados de responder con su patrimonio y someterse a las mismas reglas del mercado, como el resto de nosotros.

Caso contrario, deberá volver a considerarse el servicio público como una carga, Ad honorem, sin derecho a remuneración alguna.

Se deberá volver a hacer eje en los derechos naturales, derechos negativos y en el supremo valor de la PROPIEDAD de uno mismo.

PRIVATIZAR: Mientras más campos de acción salgan de la esfera estatal, mayor cantidad de prestaciones (sea educación, salud, tribunales o seguridad) estarán sometidos a la competencia del libre mercado, lo que concluirá en más baratos y mejores servicios, lo que beneficiará al total de la sociedad.

Por último, nótese que en todo el escrito, evite hablar de corrupción, malversación de fondos y aspectos de ese estilo. Lo que solo serviría para derivar la cuestión es aspectos coyunturales y no de fondo, como los que aspiro traer al debate.

Finalizando esta trilogía de escritos (“¿Por qué ser LIBERTARIO?”, “Enemigo del Estado” y “Con la democracia (NO) se come, ni se educa”) y vistos en su conjunto, creo que la conclusión final es lo lejos que estamos de ser y constituir una verdadera sociedad libre y, como la democracia basa su legitimidad “en el consentimiento de los gobernados” (5), todo esfuerzo desde un espacio de ideas libertarias debería ser puesto en avanzar hacia lograr ese cambio de paradigma, no solo intelectual o político, sino que hasta moral en el ciudadano.

Ese cambio, solo se logra a través de la divulgación clara y contundente de las ideas que defendemos y la exposición de las falacias y horrores a los que nos lleva el estatismo.

Notas:

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