Cómo es el método finlandés que redujo más del 40% el bullying quitándole poder al acosador

El bullying, hijo de las nuevas orfandades

No basta con una ley,  ni todos los esfuerzos institucionales para prevenir el bullying, incluso decretar el 2 de Mayo el Día contra el Acoso Escolar no basta para frenar ésa forma de  violencia, porque la raíz del problema no está  en la escuela sino en la familia, y viene de la casa.

Las cifras del bullying siguen aumentando de manera alarmante y Argentina es el segundo país con más casos de violencia escolar: 7 de cada diez niñas, niños y adolescentes padecen las burlas, la exclusión, el cyberbullying, los golpes en el cuerpo y en la moral de  parte de otros que, tras la fachada de verdugos, de niños dictadores y de adolescentes manipuladores, esconden  sus propias patologías  y carencias afectivas.

Me refiero a la nueva orfandad de hijos desamparados del cuidado y de la mirada atenta de los padres, más ausentes que nunca en éste siglo XXI signado por el empuje al consumo y con la vista puesta en las pantallas de los celulares.   Son padres culposos, sobreprotectores y  ausentes, con poco o nulo tiempo de dedicación a la crianza y  con dificultades para poner límites; padres que se sienten en deuda con sus hijos y tienden a  compensarlos con objetos y concesiones excesivas a los caprichos.  Los hijos detectan sus  debilidades  y en cada berrinche ganado, destituyen un poco más la autoridad de los padres hasta  tomar el mando. 

“El único poder que nos  queda es el económico, y aun así  nos  gana la pulseada. Es extenuante.”, decían  los padres  de una joven paciente.   Si a tan temprana edad un ser humano puede dominar a los adultos, es difícil esperar que estas personas logren una buena inserción social. Aquellos que han armado la ficción mental de que reinan sobre los otros,  no están preocupados ni por la empatía ni en desarrollar su inteligencia emocional.

El lado B de los “bullyies”

Hay padres que no saben o no quieren asumir el costo, el esfuerzo, la difícil tarea de educar que significa poner límites, soportar el enojo, el cambio de humor de los hijos y acompañarlos emocionalmente en su desarrollo. Prefieren hacerse  “amigos” y  se comportan como  hermanos mayores  de los hijos, negándoles así la experiencia única de  un  vínculo insustituible. Los niños se confunden, se creen superiores,  aunque en el fondo perciben con tristeza que sus pares son  amados, atendidos y cuidados por sus padres.

Esos pequeños dictadores maltratan en los otros  lo que odian de sí mismos, por  eso  sus “presas favoritas” son los más tímidos, los que no saben defenderse,  los que lloran.

¿Qué hacer con éste semillero de pequeños autócratas a quienes no les conmueve el daño que causen a los demás? ¿Cómo hacerlo después de  tantos  programas de prevención sobre  los daños que causan en la víctima y sin embargo las cifras se multiplican?

Un programa exitoso

En medio del desconcierto y gracias al trabajo incansable de profesionales de la salud mental y de educación, surge el programa KiVa, desarrollado  en las escuelas de Finlandia, el país mejor posicionado del mundo en materia educativa. El término KiVa surge de la unión de las palabras “Kiusaamista Vastaan” (en finlandés: contra el acoso escolar)

La originalidad del  programa consiste en correrse de la confrontación “víctima –victimario” y  se dirige a  la conducta de los alumnos espectadores que se ríen o apoyan  tal situación aunque no estén de acuerdo,   pero la han normalizado.

Este método pretende  influir en dichos espectadores para que no participen indirectamente en el acoso, es decir, le quita poder al acosador que necesita del reconocimiento de sus pares, de ése brillo social, para proseguir con el bullying.

Al año de haberse implementado  el método KiVa,  se comprobó que el  acoso escolar   había reducido  un 41% y fue tal el éxito del programa, que  ha recibido el Premio Europeo de Prevención del Crimen en 2009, entre otros.  En Salta y el país, debiéramos tener ya implementado este programa, debido a las cifras y a la demanda constante de las instituciones educativas para enfrentar éste flagelo.

La educación emocional  empieza  por  casa, con los primeros maestros, los padres o los adultos a cargo de enseñar  desde la primera etapa de la vida, a no apoyar ningún acto de violencia.

Y como sociedad, hacer los  cambios culturales necesarios,  para que la semilla de una comunidad más justa, solidaria y cohesionada, crezca sobre el suelo fértil de  la familia, que es la institución social primera y más importante de la sociedad.

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2 Comentarios
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