Como dijo Marechal: de todo laberinto se sale por arriba

La Argentina atrapada en bucle

“De todo laberinto se sale por arriba” Leopoldo Marechal

La Argentina es un país con crisis recurrentes, y en este momento atraviesa una. Al tiempo que escribo este artículo, más de 4 de cada 10 argentinos son pobres, y entre los niños, 6 de cada 10 lo son. A su vez, la indigencia es la situación de 1 de cada 10 habitantes de nuestro territorio.

Por otra parte, la inflación en los últimos 5 años ha sido del 456%, el año pasado el Producto Bruto Interno cayó un 9,9% -una de las caídas más grandes del mundo-, y hace 12 años que las exportaciones no crecen. Estos son signos de un país decadente. En términos económicos, la Argentina lidera los podios del fracaso.

Ahora bien, está no es la primera vez que nuestro país experimenta una situación tal. La Argentina vive crisis crónicas, una y otra vez, los mismos titulares ocupan las planas de los diarios, y las calles lloran malestar ¿Por qué?

La respuesta oficialista es clara: “No nos vamos a arrodillar” -dice el presidente- “por pagar una deuda”. La deuda argentina con el Fondo Monetario Internacional asciende hasta los USD44.000 millones. Se arguye entonces que, solo mediante un alargamiento de los plazos de repago y una eliminación de las sobretasas que cobra el Fondo, podremos reactivar nuestra economía. De otra forma, seguiremos atrapados, presos de los intereses de fuerzas extranjeras.

No obstante, la realidad disiente del relato. La Argentina no es presa del FMI, sino de su propia mentalidad y de las malas decisiones de su clase dirigente.

En este sentido, si la deuda genera tanto conflicto, sería bueno preguntarnos que nos llevó a tomarla en primer lugar.

Todas las crisis argentinas tienen su origen en desequilibrios fiscales. La Argentina gasta más de lo que ingresa, y lo que no es bueno para las familias, no puede serlo para los gobiernos. Gastar más de lo que ingresamos nos lleva a consecuentes déficits, para financiarlos contraemos deudas, o en su defecto imprimimos muchos billetes, lo que nos lleva a recurrentes defaults-(la Argentina defaulteó 9 veces en su historia)- o altas inflaciones (la inflación actual es del 52,5% anual). Esto a su vez genera que los argentinos ahorremos en dólares, y nos quedemos sin sistema financiero. En última instancia, como los programas de estabilización no son opción para la mayoría de nuestros políticos los gobiernos toman medidas desesperadas, como implementar cepos para evitar la devaluación de la moneda, a pesar de los altos costos económicos de este tipo de medidas, las cuales solo traen más inestabilidad e incertidumbre sobre el futuro. Los desequilibrios fiscales también nos dejan expuestos frente a cambios en el escenario internacional y shocks externos, como el generado por la pandemia. Lo que para otros países puede ser un simple resfriado, para la Argentina puede ser una gripe mortal. En tanto, se dice que el aleteo de una mariposa en una punta del mundo puede generar un huracán en la otra, cualquiera sea el caso, más vale estar preparados.

La Argentina debe volver al sentido común, a la frugalidad y al trabajo duro, si no lo hacemos no importan que tan ventajosos sean los plazos ni cantidades, el tiempo volverá atrás y en unos años nos encontraremos inmersos en la misma situación. Es por esto que resulta clave entender las formas de financiación del Estado, solo hay tres: los impuestos, la deuda y la inflación, y no es conveniente abusar de ninguna de ellas, por lo que el tamaño del Estado debe ser relativamente pequeño para que la economía funcione.

Elevar mucho los impuestos es desalentador para la inversión y distorsivo para la economía, además de que nos hace menos competitivos en el mundo. Por otro lado, las deudas implican cobrar impuestos a futuras generaciones que aún no han nacido, nos dejan vulnerables frente a las crisis y nos hacen perder soberanía (lo que no quiere decir que no haya que pagarlas, puesto que eso traería consecuencias aún peores). Por último, la inflación destruye los salarios reales, genera más pobreza y dificulta el cálculo económico, puesto que no se sabe si se compró algo caro o barato, también desquicia al sistema de precios y redistribuye ingresos de manera escondida.

Lo que nuestro país necesita es llevar a cabo un conjunto de reformas estructurales que nos permitan reducir el tamaño del Estado para pasar a uno solvente y eficiente. Solo eso nos abrirá espacio para erradicar la inflación y la deuda, y sucesivamente poner en marcha economía; no hay otro camino. Como dije previamente, si insistimos en las mismas recetas no importa el tamaño de las quitas o las condiciones del Fondo, siempre desfalleceremos.

 La Argentina está atrapada en un laberinto que ella misma ha creado mediante sus déficits y políticas fiscales insensatas, un laberinto del que no podremos salir si no cambiamos las formas en las que intentamos resolver nuestros problemas. Si seguimos con las mismas medidas de siempre, solo chocaremos con falsas salidas. Como dijo el poeta argentino Leopoldo Marechal, “De todo laberinto se sale por arriba”.

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