Civilización y barbarie tras la pandemia: el desorden del nuevo orden

Nuevo orden, ¿nuevos desórdenes?

Las emergencias aceleran los procesos históricos, plantean dilemas que exigen respuestas sin demoras y en el apuro de la demanda  voraz de la urgencia, surge lo mejor y lo peor de las personas, de las sociedades y de sus mandatarios. El ser humano responde a la amenaza de vida del mismo modo que hace miles de años; el instinto de conservación puede emerger del modo más vil y salvaje o ser la expresión mejor lograda de humanidad y civismo.

Sin embargo, debemos reconocer que estamos hechos de ambas cosas: de  una cultura  y una formación que nos humaniza,  pero no lo suficiente para haber extraído al hombre de las cavernas que habita en nosotros.

Las pruebas sobran, desde las familias disfuncionales, las parejas violentas, los barra brava, las patotas, los homicidios, las guerras, la provocación, la prepotencia, incluso los  privilegios, que  son una  manera más  sutil pero igualmente violenta de  entender el mundo como un campo de batalla por el dominio y la ventaja de uno sobre los otros y no como un espacio de convivencia de uno con los otros.  Ese rasgo feroz y primitivo emerge con mayor fuerza en los momentos de crisis, no importa cuán inactivo pudiere haber estado, pero surgirá para pelear cada quien por su supervivencia y al precio que fuere para salvarla. Aquello de las tantas conciencias adormecidas, de las pequeñas vanidades… de la humanidad enceguecida y de honrar la vida,  que se hizo canción  en la letra y la voz de Eladia Blázquez.

“No te salves”,  dice Mario Benedetti  en un poema en el que deja entrever la necesidad de encontrar  en alguien cierto coraje para vivir, pero  a la vez acepta que es posible el triunfo de la cobardía y de las pequeñas miserias.

“Pero si pese a todo no puedes evitarlo

Y congelas el júbilo y quieres con desgana

Y te salvas ahora y te llenas de calma

Entonces

No te quedes conmigo”

El pacto social, las reglas de juego y las  normas de convivencia que creamos se desvanecen frente al surgimiento  salvaje del instinto de conservación que instala el “sálvese quien pueda” con todas sus formas de privilegios y de amiguismos. De esa manera vemos hoy vacunarse a un joven de 20 años que tiene amigos en el poder, mientras  asistimos al entierro del que tiene 60 sin ningún contacto con los distribuidores de las vacunas. En una sociedad donde la muerte ronda y acecha, ataca y se lleva a los más vulnerables de a miles,  estamos viendo en el  de 20 años  al “elegido”  a quien salvaron los privilegios y no la igualdad ante la ley. “Cosas de las pestes”, podríamos decir, pero  el acomodo y la cobardía en tiempos de pandemia funcionan como un respirador artificial para  los privilegiados que después  no podrán  volver  respirar en la misma  atmósfera de igualdad con el resto de la sociedad. Necesitarán siempre el respirador artificial del privilegio, ése con el que aprendieron a sobrevivir  a tan temprana edad, cuando el  poder les enseñó que la regla es la a excepción.

Transición a la post – pandemia

El esfuerzo de enfrentar  esta crisis, por muy agobiante y necesario que sea, no debe desplazar la urgente misión  de lanzar una tarea paralela para la transición al orden post pandemia y de pensar hoy -más que nunca a Salta y al país –  activamente inmersos en una respuesta global y cooperativa a las necesidades de corto plazo y a las futuras demandas que surgirán, por los efectos colaterales que la pandemia produce en todos los órdenes de la vida. Los impactos en  salud, educación, alimentación, transporte, trabajo, energía, recursos naturales, tecnología, comunicaciones, geopolítica, comercio interno y externo, relaciones comerciales, políticas nacionales y trasnacionales – entre tantas otras – merecen un estudio a conciencia y predictivo de los cambios, la  evolución y metamorfosis que produjo este fenómeno para preparar mejor y desde ahora, a las generaciones que les tocará lidiar con  dichas realidades.

Salir del pozo o seguir cavando

Vivimos en este excepcional contexto  donde al mundo entero en simultáneo le toca vivir, por primera vez en la historia,  la misma pesadilla, la misma enfermedad, la misma amenaza y el mismo mal, así como los mismos remedios y las mismas soluciones. Cuando la pandemia termine – o la población mundial este inmunizada-  y retorne al planeta algún alivio, tendremos una  impresión más clara de los países que fueron exitosos y de los que sucumbieron al COVID 19, los que tuvieron instituciones más sólidas, los que no tuvieron miedo de abrirse al mundo y los que no perdieron la oportunidad de interactuar con el resto de las naciones.

Podemos escondernos del mundo, encerrarnos en las discusiones  estériles del pasado o apostar a formar parte del concierto de las naciones que pujan, y hacerlo sin complejos de inferioridad ni de superioridad, sin sentirnos sudacas, ni coyas, ni ciudadanos de tercera, ni del submundo, ni seres de otro planeta.

Es hora de mostrar lo que somos, nuestros recursos humanos y  naturales, lo que aprendimos, lo que estudiamos, lo que producimos, inventamos y descubrimos, nuestra capacidad de enfrentar la adversidad, nuestra perseverancia, la capacidad de recuperarnos, de reinventarnos tras las constantes crisis. Esa aptitud  quizás genética que tenemos por ser descendientes de las grandes guerras mundiales -y de las propias también-  que nos hicieron  resilientes de los fracasos, de las inflaciones, de las dictaduras y de los malos gobiernos. El mundo conoce y valora nuestra disposición al trabajo y capacidad para el  esfuerzo,  la enorme adaptación a los cambios,  nuestra creatividad, inteligencia  y competencias  en el deporte, en la ciencia,  en las artes y los oficios.  

Podemos dedicarnos a las discusiones domésticas o anclar en las ideológicas, podemos seguir discutiendo si una dirigente política hace de Vaquera y la otra de Maléfica mientras en cada round, en cada protesta,  en cada discusión de las formas se nos va el fondo del asunto que es histórico,  que es ya y es ahora.

O podemos dedicarnos a  ver cómo nos preparamos y nos unimos al resto de los países para formar parte de las grandes decisiones que pongan de pie a este mundo que la pandemia dejó al revés.

La realidad es que el mundo nunca será el mismo después del COVID- 19 y discutir ahora sobre el pasado sólo vuelve más difícil hacer lo mucho que nos queda por hacer.

Lo primero será  salir del pozo en el que estamos y la única manera de lograrlo es dejando de cavar.

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