Bajar impuestos no es suficiente si no se atan las manos del Banco Central

Reducción de impuestos, el debate incompleto

Durante los últimos tiempos, el ingreso de diputados liberales al Congreso de la Nación ha corrido (afortunadamente) el debate respecto a la necesidad de reducir impuestos al sector privado, ya que este se encuentra ahogado por el enorme tamaño del Estado.

Con la imposición actual es imposible que la economía pueda retomar una senda de crecimiento genuino, olvidada desde hace varias décadas.

Sin embargo, cuando se habla de una reducción impositiva comienzan los debates “más finos” sobre los efectos sobre la actividad y el empleo, el consumo y la inversión, las distorsiones a una y otra parte, y la intensidad de estas para los distintos agentes económicos.

Existen argumentos a favor y en contra respecto a los efectos de la reducción de los impuestos legislados. Respecto a los contribuyentes, por un lado están los defensores de la baja de los impuestos a la producción, a fin de generar incentivos para incrementar la producción y el empleo a través de la acumulación de capital, lo cual genera un efecto desplazamiento positivo, desde el sector público al privado, el cual tiene los incentivos alineados, dado que cuenta con derechos de propiedad.

Por otro lado, se encuentran los que están a favor de la reducción de impuestos al consumo, y entre los argumentos que esgrimen la regresividad de este, dado que se paga la misma alícuota (con excepción de algunas diferenciales para determinados tipos de bienes y servicios) para todos los niveles de ingreso, por lo que afecta proporcionalmente más a los sectores de menores recursos.

Por último, el Estado tiende siempre a ver la caída de sus ingresos, dado que por lo general no es considerado el efecto positivo sobre el nivel de actividad, o no está dispuesto a esperar el tiempo necesario para que el crecimiento aumente la recaudación impositiva, sumado al demagógico discurso de la necesidad de “redistribución del ingreso”. Es por esto que el problema de la intertemporalidad hace que los gobiernos quieran exprimir al máximo a los contribuyentes, dado que tienen incertidumbre si podrán continuar haciéndolo en el futuro.

Sin embargo, si bien se está siempre a favor de la reducción de todos y cualquier tipo de impuestos, dado que menor carga fiscal reduce las distorsiones que sufre el mercado, no debemos olvidarnos del impuesto inflacionario, fuente cada vez mayor de recursos del Tesoro.

Una maquinita que no para de emitir, incrementando no solo la recaudación de este impuesto no legislado, sino también la de los restantes, dado que con alícuotas fijas como el caso del IVA, o con escalas que tardan en actualizarse, como Ganancias, se incrementa la base imponible sujeta a impuesto, dando lugar a mayores recursos para el Tesoro.

De esta forma, si bien es imperativo continuar con el debate acerca de la reducción de todo tipo de impuestos, también debe tenerse en cuenta que el ajuste de alícuotas o escalas con una inflación que se ubica por encima del 50% anual, no tiene efectos significativos sobre el bolsillo de los contribuyentes, debido a cómo opera el mecanismo de formación de precios.

Es por eso que en un escenario de grandes distorsiones tanto reales como nominales, como el de nuestro país, la rebaja es impuestos es una condición necesaria para encauzar la actividad privada, pero no suficiente. Es imperativa de manera adicional la implementación de un mecanismo institucional que “ate de manos” al banco central.

Dada la experiencia argentina, un plan económico integral se queda en la mitad del camino, debido a que sabemos los altos incentivos a “romper” estos acuerdos por parte de los gobiernos. En este escenario, el desafío es enorme. 

El trabajo que tenemos por delante es una tarea ardua, pero no imposible. Afortunadamente nuestras voces resuenan cada vez más fuerte, y se están visibilizando temas que hasta hace meses se encontraban fuera de la agenda.

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