Atención: la tóxica relación individuo-estado no da para más

Un llamado de atención a los argentinos

Argentina, un lugar”. Esta frase es pronunciada muy seguido por Manuel Adorni, uno de los economistas más brillantes que tiene Argentina. La ironía resume toda la desilusión, el desencanto, y hasta un nivel de resignación que probablemente nunca hayamos visto en nuestro país. La idea es que “como es Argentina, entonces todo puede pasar”: una dictadura maoísta, un absolutismo al estilo del Rey Sol, una democracia liberal, o un experimento anárquico. Todo puede pasar, nada está fuera de la mesa.

Argentina pudo ser como Australia, y terminó siendo Argentina.

En 1945 Argentina, Australia y Canadá eran parecidas. En el ranking mundial de PBI per capita, estábamos mano a mano. Es cierto, nuestro PBI per capita de ese entonces era aproximadamente un 15% menor, pero estábamos en el mismo escalón. Fuimos primer mundo, puro y duro. Tal vez seamos el único país que fue primer mundo y ahora bordea niveles africanos de pobreza.

Una locura, ¿no? Pero lo logramos. Si Argentina hubiera adoptado las medidas que tomaron esos países (fomentar el libre comercio y el espíritu emprendedor y garantizar un gobierno limitado), hoy estaríamos tal vez al nivel de Francia, marcando la pauta en toda Sudamérica y plantándonos ante Brasil de igual a igual en PBI a pesar de tener 150 millones de personas menos.

No obstante, Argentina es un país que siempre se supera en mediocridad, al mismo tiempo que cree que es pionero e importante. Un país con delirios de grandeza, a punto tal que la frase “compra a un argentino por lo que vale y véndelo por lo que cree que vale” es ya un lugar común.

Un país que repite experimentos fallidos mientras cree que va a inventar la pólvora de la teoría económica, cuando todo el mundo próspero se alinea con las enseñanzas de Milton Friedman o Friedrich von Hayek. ¿Qué pasó?

El populismo aniquiló Argentina

Nos fulminó. El populismo se comió a nuestro país desde las entrañas. Pasamos de ser una nación de primera línea en la escena mundial a ser totalmente insignificantes, en todo sentido: economía, política, diplomacia. Absolutamente irrelevantes. No existimos. Y de nada importan todos nuestros supuestos recursos porque si los recursos hicieran ricos a los países, Japón no podría nunca haber llegado a ser la tercera potencia mundial.


El populismo y el estatismo nos arruinaron la cabeza. Quitaron por completo del debate y de la psiquis de los argentinos el respeto por la propiedad, el énfasis en la responsabilidad, y el incentivo -y no el castigo- al emprendedor. El populismo y el estatismo consumieron las ideas de la libertad a tal punto que si Mussolini viviera seguramente estaría tomando apuntes sobre lo que venimos haciendo.

Hemos aniquilado al individuo. Y en su lugar hemos instalado una cultura de amor al Estado, una relación abusiva, siniestra, un síndrome de Estocolmo de la peor estirpe. Si no logramos revertir estas ideas, estaremos condenados a una agonía eterna. Será irrelevante que por un rato aparezca un gobierno que libere un poco si después vendrá otro que destruirá lo logrado. Tenemos que cambiar la mentalidad de todos aquellos argentinos que -por ignorancia, ingenuidad, comodidad, o lo que sea- entraron en una relación tóxica de amor al Estado.


Puede que al presente parezca utópico, pero ¿quién hubiera dicho que la Unión Soviética iba a colapsar? ¿Que la cortina de hierro se desmoronaría? ¿Qué Estonia se transformaría en potencia tecnológica? ¿No valdría la pena intentarlo con Argentina? Puede que estemos locos. Pero a fin de cuentas, los locos cambian el mundo ¿no?

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