Así nace, crece y juzga el Leviatán, dios mortal de Hobbes

Tres exponentes del contractualismo I: Thomas Hobbes


El contractualismo es una corriente de filosofía política y derecho que postula el nacimiento de la sociedad y el estado a partir de un pacto originario entre los individuos, que los lleva fuera del estado de naturaleza, y tiene por objeto primordial la obtención de seguridad.

Los tres autores fundantes del contractualismo, en orden cronológico, son Thomas Hobbes, John Locke y Jean-Jacques Rousseau.

En ellos se manifestará la coincidencia base de explicar el surgimiento socio-estatal mediante un contrato, y luego en el devenir de sus respectivas obras se traslucirán puntos discordantes en las formas de enfocar el tema y entender el rol de los individuos y las autoridades a partir del pacto original, y la situación atravesada en el previo estado de naturaleza.

Veremos y compararemos sus postulados para comprender mejor las similitudes y diferencias que guardan entre sí. El contractualismo de Thomas Hobbes será el foco de nuestra atención en esta primera entrega.
Hobbes considera que los hombres son iguales por naturaleza, que son más los elementos que los igualan que aquellos que los diferencian. Pero esta naturaleza humana está sembrada por semillas conflictivas. Escribe:

Así hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia. Primera, la competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria. La primera causa impulsa a los hombres a atacarse para lograr un beneficio; la
segunda, para lograr seguridad; la tercera, para ganar reputación. La primera hace uso de la violencia para convertirse en dueña de las personas, mujeres, niños y ganados de otros hombres; la segunda, para defenderlos; la tercera, recurre a la fuerza por motivos insignificantes, como una palabra, una sonrisa, una opinión distinta, como cualquier otro signo de subestimación, ya sea directamente en sus personas o de modo indirecto en su descendencia, en sus amigos, en su nación, en su profesión o en su apellido1.

El hombre es un ser que cae en sus pasiones y busca la satisfacción de intereses egoístas, lo cual lo lleva a chocar con sus semejantes. Por ende, el estado de naturaleza, previo a la civilización, resulta inviable:

Fuera del estado civil hay siempre guerra de cada uno contra todos. Con todo ello es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos2.

Sin esa autoridad que pese sobre todos para atar sus pasiones, el hombre no puede vivir con seguridad, y su situación se asemeja al peligro de la guerra, contando únicamente con su fuerza en solitario para hacerle frente:

Por consiguiente, todo aquello que es consustancial a un tiempo de guerra, durante el cual cada hombre es enemigo de los demás, es natural también en el tiempo en que los hombres viven sin otra seguridad que la que su propia fuerza y su propia invención pueden proporcionarles3.

Frente a esta situación desventajosa, insegura y belicosa que el estado de naturaleza sin sociedad civil ofrece, la alternativa es efectuar un acuerdo que permita avanzar hacia circunstancias mejores, y esto se logra si se ostenta la fuerza sobre todos como respaldo y el bien de todos como propósito:

[La buena convivencia] de los hombres lo es solamente por pacto, es decir, de modo artificial. No es extraño, por consiguiente, que (aparte del pacto) se requiera algo más que haga su convenio constante y obligatorio; ese algo es un poder común que los mantenga a raya y dirija sus acciones hacia el beneficio colectivo4.


Bajo esta premisa, y con esa intención, se genera el Estado. Las personas, para sentirse seguras, transfieren sus derechos de autogobierno a quien o quienes las van a representar actuando como autoridad, y las voluntades particulares se fusionan en una voluntad general: El único camino para erigir semejante poder común, capaz de defenderlos contra la invasión de los extranjeros y contra las injurias ajenas, asegurándoles de tal suerte que por su propia actividad y por los frutos de la tierra puedan nutrirse a sí mismos y vivir satisfechos, es conferir todo su poder y fortaleza a un hombre o a una asamblea de hombres, todos los cuales, por pluralidad de votos, puedan reducir sus voluntades a una voluntad.

Esto equivale a decir: elegir un hombre o una asamblea de hombres que represente su personalidad;
y que cada uno considere como propio y se reconozca a sí mismo como autor de cualquiera cosa que haga o promueva quien representa su persona, en aquellas cosas que conciernen a la paz y a la seguridad comunes; que, además, sometan sus voluntades cada uno a la voluntad de aquél, y sus juicios a su juicio. Esto es algo más que consentimiento o concordia; es una unidad real de todo ello en una y la misma persona, instituida por pacto de cada hombre con los demás, en forma tal como si cada uno dijera a todos: autorizo y transfiero a este hombre o asamblea de hombres mí derecho de gobernarme a mi mismo, con la condición de que vosotros transferiréis a él vuestro derecho, y autorizaréis todos sus actos de la misma manera. Hecho esto, la multitud así unida en una persona se denomina estado, en latín, civitas.

Esta es la generación de aquel gran LEVIATÁN, o más bien (hablando con más reverencia), de aquel dios mortal, al cual debemos, bajo el Dios inmortal, nuestra paz y nuestra defensa. Porque en virtud de esta autoridad que se le
confiere por cada hombre particular en el Estado, posee y utiliza tanto poder y fortaleza, que por el terror que inspira es capaz de conformar las voluntades de todos ellos para la paz, en su propio país, y para la mutua ayuda contra sus enemigos, en el extranjero5.

Explicado el mecanismo de generación, Hobbes procede a dar su definición de Estado, remarcando sus objetivos y consignando el papel que le corresponde a los involucrados: Y en ello consiste la esencia del Estado, que podemos definir así: una persona de cuyos actos se constituye en autora una gran multitud mediante pactos
recíprocos de sus miembros con el fin de que esa persona pueda emplear la fuerza y medios de todos como lo juzgue conveniente para asegurar la paz y defensa común.

El titular de esta persona se denomina soberano, y se dice que tiene poder soberano; cada uno de los que le rodean es súbdito suyo6.
El Estado se convierte entonces en un centralizador y monopolizador de recursos destinados a
la consecución del bien común.
Y desde la implementación del vocabulario que utiliza para su descripción, se repara en la perspectiva de Hobbes al concebir esta persona nacida del contrato para la protección multitudinaria.

El Estado consagra a su titular como el Soberano, quien ejerce el poder para logro de sus fines, y ningún poder se yergue por encima suyo. A su vez, los suscriptores del contrato ocupan el lugar de súbditos, quedando bajo su mando y acoplándose a su juicio respecto de la administración y disposición de los recursos destinados al cumplimiento de aquellos fines.
Enseguida, Hobbes traza una distinción entre dos conductos por los cuales el poder soberano es alcanzado, dependiendo si hubo empleo de la fuerza para hacerse con el trono o una sumisión voluntaria de parte de quienes deben su obediencia.
El primer caso se afinca en la fuerza natural: cuando se somete a los enemigos mediante un acto de guerra a la propia voluntad victoriosa, y se les concede de la vida a cambio de la sumisión; o cuando, en semejanza a la situación familiar del padre en relación a sus hijos sometidos, un hombre puede destruir a los descendientes si se niegan a respetar tal sometimiento. Presentado alguno de estos supuestos pertenecientes al primer caso, debe
hablarse de “Estado por adquisición”.
El segundo caso parte del acuerdo: los hombres voluntariamente se someten a otro hombre o asamblea de hombres, para que dicha autoridad pactada sirva de protección frente a los demás. La consecuencia de este acuerdo se denomina “Estado político” o “Estado por institución”. La diferencia entre Estado por adquisición y Estado político, en lo que al poder soberano concierne, es escasa, y dentro de la premisa compartida del miedo, se remonta simplemente al hecho de dónde se deposita ese miedo en el acto de comienzo. En el Estado por adquisición los hombres temen a quien se instituye soberano; en el Estado político los hombres sienten temor mutuo y para ello se escoge un soberano.
Fuera de eso, Hobbes explica que en ambos supuestos la soberanía está dotada de las mismas características:
Ahora bien, los derechos y consecuencias de la soberanía son los mismos en los dos casos. Su poder no puede ser transferido, sin su consentimiento, a otra persona; no puede enajenarlo; no puede ser acusado de injuria por ninguno de sus súbditos; no puede ser castigado por ellos; es juez de lo que se considera necesario para la paz, y juez de las doctrinas; es el único legislador y juez supremo de las controversias, y de las oportunidades y ocasiones de guerra y de paz; a él compete elegir magistrados, consejeros, jefes y todos los demás funcionarios y ministros, y determinar recompensas y castigos, honores y prelaciones7.
Resulta palpable, a fin de cuentas, que naciendo el Estado de uno u otro modo, igualmente estará investido de un poder prácticamente absoluto para perseguir sus cometidos, representando los intereses de los súbditos en un todo homogéneo, encarnando la justicia como autoridad, y actuando como el garante del bienestar colectivo.
Así nace, gobierna y ajusticia el Leviatán de Hobbes. Una persona que surge de otras personas, una voluntad que surge de otras voluntades, para forjar un proyecto común cuyos enlaces se basan en el temor, sus mecanismos en la actuación indiscutible de la autoridad, y sus fines en la protección colectiva imposible de lograr de manera distinta.

Referencias

1 Hobbes, Thomas; Leviatán, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2005
2 Ibídem

3 Ibídem
4 Ibídem
5 Ibídem

6 Ibidem

7 Ibidem

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3 Comentarios
  • […] la primera entrega de esta serie sobre contractualismo, que como corriente de filosofía política y derecho concibe el nacimiento de la sociedad civil y […]

  • […] Hobbes, Locke y Rousseau, con distintas bases y argumentos, intentaron explicar el origen de la sociedad y del Estado como un contrato original –el contrato social-  entre individuos, por el cual se acepta una limitación de las libertades a cambio de leyes que garanticen la perpetuación y ciertas ventajas del cuerpo social. Más próximos en el tiempo, Rawls y Habermas contribuyeron a actualizar los términos de dicho contrato a los tiempos que corren. Esta contractualidad socio estatal no es una doctrina política única o uniforme, más bien es un conjunto de ideas con un nexo común, capaz de evolucionar y readaptarse hasta la actualidad en forma de Constituciones. […]

  • […] Hobbes, Locke y Rousseau, con distintas bases y argumentos, intentaron explicar el origen de la sociedad y del Estado como un contrato original –el contrato social-  entre individuos, por el cual se acepta una limitación de las libertades a cambio de leyes que garanticen la perpetuación y ciertas ventajas del cuerpo social. Más próximos en el tiempo, Rawls y Habermas contribuyeron a actualizar los términos de dicho contrato a los tiempos que corren. Esta contractualidad socio estatal no es una doctrina política única o uniforme, más bien es un conjunto de ideas con un nexo común, capaz de evolucionar y readaptarse hasta la actualidad en forma de Constituciones. […]

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