A seis años de la muerte del fiscal: ¿en qué te convertimos, Nisman?

¿En qué te convertimos, Nisman?

Una buena parte de los argentinos nunca olvidará esa mañana de lunes. Las expectativas de toda una sociedad por saber lo que el fiscal tenía para aportar sobre el caso del atentado a la AMIA -fuera verídico o absolutamente pueril- se desvanecían de forma abrupta e incomprensible cuando las noticias circulantes de ese día resultaron ser exactamente las menos esperadas: el Fiscal nunca llegó a presentar las pruebas que había reunido durante años ante el Congreso de la Nación como estaba pactado. En vez de ello, la madrugada del 18 de enero de 2015 fue encontrado muerto con una herida de bala en su cabeza en el baño de del departamento que habitaba, reposando sobre un charco de sangre.

Alberto Nisman, era un hombre desconocido por la mayoría de nosotros, la gente normal y anónima. Sólo supimos de su existencia y labor apenas unos días antes, cuando éste hizo la presentación formal ante la justicia argentina de su investigación un 13 de enero. Hacía tiempo por otro lado, que ningún hecho calaba lo suficiente en nuestro imaginario colectivo y más aún si refería a quienes ejercen la función pública

¿Entonces por qué su muerte nos movilizaría y convulsionaría de alguna manera como país? ¿Qué era lo que tenía para exponer, que pareció aflojarles las rodillas a varias figuras del poder en aquel entonces?

El punto central; el detalle, el único que importaba entre esas casi 300 páginas y le otorgaba sentido a todo el revuelo judicial, político, mediático y social que se fue condesando en esas pocas horas, fue el hecho de que toda la investigación apuntaba a la Presidenta de la Nación de aquel período; Cristina Fernández de Kirchner, al canciller Hector Timerman, el diputado Andrés Larroque, Luis D’Elía y Fernando Esteche por haber confabulado en contra de la Patria y las víctimas del atentado ocurrido en 1994 a los efectos de encubrir a los imputados de nacionalidad iraní y por consiguiente asegurar su impunidad. La denuncia también recogía los delitos de violación de los deberes de la función pública y abuso de poder.

Con la muerte del fiscal, la grieta que separaba a los argentinos desde hace ya inmemorables tiempos se profundizó un poco más: para muchos, Nisman fue un oportunista que se vio rodeado entre las incongruencias que dijo públicamente y una investigación que al final le resultó poco sustentable; ante esas circunstancias la presión hizo lo suyo y el desenlace fue el peor, pero había sido él su propio autor al final.

 Para otros de nosotros, que no somos pocos y no olvidamos, que creímos que los tiempos de la impunidad y los atropellos a la democracia se habían concluido en nuestro país, jamás nos dejamos convencer de la desidia. Y hasta el presente, mucho tiempo después de aquel día sombrío y confuso exigimos una respuesta, una resolución, un poco de claridad:

¿En qué parte del mundo un hombre que denuncia un hecho de tales magnitudes es encontrado muerto de forma repentina a pocas horas de exponer los argumentos del trabajo que le llevó 10 años de vida? Una interrogante perfectamente admisible y que hizo de paraguas ante cualquier subjetividad ideológica, en un momento en el que prevalecía el desencanto y una desconfianza insondable.

Y aunque lo que es entendido como lógico y esperable, no siempre es lo que se aplica, y más cuando se vive en Argentina. La táctica que CFK aplicó en su momento para disuadir las preguntas que se formulaban constantemente en el seno de la opinión pública cada vez más demandante y activa fue la de re afirmar la hipótesis del suicidio por falta de evidencias sólidas, además de orquestar una opereta de mal gusto para desestimar la imagen del fiscal y su denuncia; escarbando no sólo en su vida privada, sino también en la de sus familiares y allegados.

Los medios se tomaron el recaudo de evitar la palabra “asesinato” en tanto se iban realizando las pericias del deceso. Pero en la intimidad argentina, en las mesas del almuerzo familiar y en los oportunos cafés los ciudadanos comentaban sin ningún dejo de ironía que “A Nisman lo mataron”. Y claro que existió el aire conspiranoico que siempre flota sobre cuestiones de éstas características, porque ahí también existió un poco de esperanza depositada.

Hoy, a 6 años de aquel día aún no podemos evitar pensar en qué habría pasado sí…si su personal de seguridad hubiera ejercido con más responsabilidad su función y se hubieran tomado todas las precauciones para salvaguardar su vida. Si como miembros de una sociedad responsable, hubiéramos ofrecido un poco de respeto, en vez de fascinarnos por el morbo de su vida personal. Si nuestra cúpula de funcionarios hubiera exigido más compromiso para con la investigación de su muerte, en lugar de apresurarse a sacar algún rédito político. ¿Qué hubiera sido de nuestro estado hoy, si hace 6 años atrás Alberto Nisman arribaba al Congreso listo para desarrollar su trabajo ¿Qué hubiera sido de nuestra república? ¿Nos habría fortalecido o dañado? ¿Cuál hubiera sido el destino de quien de quien fue señalada como responsable principal pero hoy ocupa el cargo de vice presidenta de la Nación?

Volver al pasado e interrogarnos en base a eternos supuestos no es más que un ejercicio de consuelo personal o quizá colectivo, para quienes intentaron otorgarle algún matiz heroico al abogado y su trabajo inconcluso. Lo cierto es que su historia y el legado sin intención que nos deja han resistido el tiempo, la difamación, la incompetencia de los gobiernos para esclarecer la verdad, el sesgo político, las de miles hipótesis que surgen de una muerte que pareciera sacada del mejor show de detectives, y hoy nos atraviesa y nos obliga a nunca olvidar.

Quizá lo mataron, quizá se mató, o quizá nunca lo sabremos. Lo cierto es que su muerte creó el fenómeno y el símbolo que por todas las vías quisieron evitar: ese que repetimos y reivindicamos cada 18 de enero “Todos somos Nisman”.

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