03/11/2026

Con Netanyahu y Trump tocados, Milei debería bajar el aliento ideológico y obligarse a gobernar

Con los dos altos mandos de Estados Unidos e Israel en retroceso, el resultado en Brasil reduce el espacio para batallas culturales y obliga al gobierno a concentrarse en la estabilización, los acuerdos y el crecimiento. El riesgo es el aislamiento; la oportunidad, dejar atrás las tensiones que hasta ahora lo dividieron.

La reelección de Lula cayó como un balde de agua fría en el gobierno argentino. Pero tal vez era lo que él más necesitaba, justo en este preciso momento.

Algo que no tardó en observarse en la evolución de los acontecimientos. Porque pasada la esperable desilusión de la tropa mileista, y el entusiasmo inverso de sus críticos más feroces, agravados ambos por la sobreactuada colaboración del gobierno en la fuga de Flávio Bolsonaro a EE.UU., las aguas se calmaron y se vio a una tropa de funcionarios más dedicada a lo que tiene que hacer: Caputo y compañía a reactivar la economía, potenciando los motores que pueden impulsar el crecimiento; la mesa política y los jefes legislativos a sellar acuerdos con los gobernadores, aprobar reformas y el presupuesto. Mientras también despuntaban algunas ventajas inesperadas del resultado del balotaje brasileño para la estabilización argentina. E incluso para el futuro político del propio gobierno de Milei.

En primer lugar, porque la reelección de Lula lo preparó para un escenario externo que ya desde antes estaba llamado a cambiar profundamente: el martes siguiente se supo que Benjamin Netanyahu difícilmente siga en el poder, y durante el resto de la semana los sondeos confirmaron que Donald Trump va camino a perder buena parte del que hasta aquí ejerció. En suma, el ciclo trumpista va quedando atrás, y cuánto antes se tome nota aquí de esta novedad, mejor para todos.

Benjamin Netanyahu y Donald Trump. (Foto: REUTERS/Jonathan Ernst)
Benjamin Netanyahu y Donald Trump. (Foto: REUTERS/Jonathan Ernst)

Porque, en segundo lugar, si algo caracteriza este nuevo escenario es que, en él, Milei y su gente tendrán mucho menos espacio que antes para equivocar sus prioridades y gastar energía en empresas inútiles o contraproducentes. Estas restricciones no son nuevas: lo vienen acompañando desde el inicio de su gestión, como se pudo observar cada vez que el presidente puso énfasis en sus “batallas culturales” y a poco de avanzar se quedó sin aire y sin sustento, enfrentado con aliados imprescindibles, con una imagen pública y una confianza en la gestión en declive, desenfocado de los intereses de la gran mayoría.

La novedad es que esa falta de apoyos y de combustible para que despliegue sus sueños es ahora mucho más evidente, y como la situación es más exigente ya no da margen de error.

En suma, la situación lo obliga a elegir entre sus preferencias ideológicas y sus posibilidades de supervivencia, y ya no tiene tiempo que perder con más esfuerzos por convencernos de que las primeras son una buena guía para aumentar las segundas.

Es que el mileismo ha sido hasta aquí dos cosas contradictorias y en tensión: porque fue la respuesta azarosa a dos problemas radicalmente distintos y hasta enfrentados, y la sintonía que estableció con Trump y MAGA, con Netanyahu y los Bolsonaro no ayudó para nada a clarificar ni a resolver esas tensiones, sino que las agravó.

Por un lado, y principalmente, Milei es la respuesta a la frustración acumulada durante las últimas dos décadas por los argentinos en aquello que todo el resto de los países de la región, salvo Venezuela, fueron resolviendo: el establecimiento de reglas claras de financiamiento de su sector público, la integración a los flujos comerciales y financieros globales y la estabilización de la moneda. Desafíos frente a los cuales nuestros gobiernos e instituciones democráticas vienen fracasando desde los años ochenta del siglo pasado, y que se volvieron cada vez más inalcanzables en las últimas dos décadas, con los consecuentes costos económicos y sociales.

Por otro lado, Milei es la versión local de un proceso de radicalización ideológica de las derechas de la región y el mundo, que surge de la desconfianza creciente hacia los valores y las instituciones que se impusieron tres o cuatro décadas atrás: globalización, liberalización comercial, moderación política, desarme, multiculturalismo, etc.

Pero como estos valores y reglas no son los que nos condujeron a los problemas más graves que padecemos, la mencionada radicalización apenas logró un apoyo superficial y acotado entre nosotros: ni nuestras clases medias, ni las elites ni las clases bajas en Argentina están demasiado alarmadas por la inmigración, ni por diferencias religiosas o étnicas que dividan a la sociedad, ni ven el mundo como una amenaza, ni están dispuestas a emprender conflictos violentos por ninguna idea ni modelo social alternativo. Y lo bien que hacen: les puede gustar más o menos los republicanos o los demócratas, la derecha o la izquierda, el mercado o el estado, pero no se rasgan las vestiduras por ninguno de ellos.

Así que la gestión que se inspiró en la mencionada radicalización, para no desbarrancar, tuvo que mantener un pie en cada bote y hacer equilibrio entre objetivos contradictorios: hora escuchar a sus militantes y su entorno, y a su propia conciencia, hora dedicarse la estabilización, la apertura y la integración al mundo, atendiendo a la mayoría de sus votantes.

La peculiaridad de esta situación, que claramente lo distingue de la derecha trumpista, del Likud israelí, y al menos en parte del Partido Liberal brasileño, se evidenció en dos objeciones que enfrentó el oficialismo nacional casi desde el inicio.

Una, la de los nacionalistas de derecha como Victoria Villarruel, que le vienen reclamando desde 2023 que sea fiel a las banderas tradicionales de la derecha argentina, y se dedique en serio a convertir en políticas y gestión el conservadurismo cultural y el chauvinismo a los que dice adherir.

La otra, la del nacionalismo de izquierda, bien interpretado en general por Cristina y el kirchnerismo, que le reclaman siga el ejemplo Trump en materia económica (que está conduciendo a los republicanos a un desastre electoral de proporciones, vale aclarar): es decir, que devalúe el peso, suba aranceles, “reindustrialice” a la fuerza, etc.

Cristina Kirchner cumple prisión domiciliaria desde junio de 2025. (Foto: Reuters)
Cristina Kirchner cumple prisión domiciliaria desde junio de 2025. (Foto: Reuters)

Que Milei no haya cedido a esas presiones, salvo en la cuestión Malvinas, y en una evidente sobreactuación que muestra la hilacha oportunista a cada rato, no deja de ser un alivio para todos los votantes que lo que desean de él es que se dedique a lo que realmente más necesita nuestra la economía. Que es a lo que debería haberse dedicado exclusivamente desde un principio.

Y es lo que ahora, con menos aliento de parte de Trump, Bolsonaro y Netanyahu, tiene más chance de convocar su atención.

Pero, ¿no será ya tarde?

Los optimistas de la oposición dura esperan, y los pesimistas del bando oficial temen, que así sea. Y que el declive de las distracciones ideológicas, si es que se produce, sea más que compensado, para mal, por un mayor aislamiento internacional: porque el declive de sus aliados externos más relevantes signifique una pérdida de sustento financiero, comercial y geopolítico.

Sin embargo, y nada casualmente, el gobierno de Estados Unidos se apresuró ya a desmentir que algo así pueda suceder: apenas se supo de la reelección de Lula anunció que ofrecerá más financiamiento para proyectos de inversión en el país. Mientras Bessent siga en su puesto y Washington necesite un contrapeso frente a Brasilia las chances de que esto vaya a cambiar son casi nulas.

Claro que la relación con Brasil va a seguir complicada. No tanto porque Lula pretenda vengarse de Milei por su colaboración en el vertiginoso escape de Bolsonaro (finalmente, lo peor que le podía pasar al jefe del PT era que su victoria quedara empañada por la detención, seguramente muy merecida, de quien acababa de desafiarlo en las urnas). Sino porque las negociaciones comerciales probablemente sigan lentas o se traben. Y las exportaciones argentinas a su principal mercado, aunque crezcan, lo hagan menos que al resto de sus destinos, problema que venimos padeciendo desde hace tiempo.

Pero también es cierto que más temprano que tarde Lula va a tener que hacer un poco de mileismo si quiere que su cuarto y previsiblemente último mandato no termine en desastre: para frenar el crecimiento de la deuda pública, que ya ronda el 100% del PBI, no le va a quedar otra que ajustar y/o licuar, vía devaluación e inflación. Ya es tarde para que Bolsonaro le diga “yo te avisé”, pero no para que se lo diga Milei.

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