14/10/2026

El posmodernismo y la superstición del “significado propio”

El posmodernismo, al declarar que nada tiene un significado fijo —ni siquiera él mismo—, se vuelve una doctrina autorrefutante. Arraigado en el romanticismo y en el rechazo del logos, confunde la falibilidad de la razón con su inutilidad y termina legitimando el relativismo epistemológico y ético. Distinguir el racionalismo crítico del constructivista permite recuperar el uso de la razón sin caer en la arrogancia planificadora ni en el escepticismo absoluto.

Parte I . Por Alberto Benegas Lynch (h)

Todas las tradiciones de pensamiento revelan distintas avenidas, vericuetos, matices y ramificaciones que hacen difícil su agrupamiento en bloque como si se tratara de una vertiente monolítica y absolutamente homogénea. Lo mismo ocurre con la mayoría de los autores, en proporción a la cantidad de trabajos producidos y la extensión de tiempo en el que han realizado las respectivas faenas intelectuales. En el caso de lo que ha dado en llamarse modernismo y posmodernismo esto ocurre tal vez con más fuerza debido a las distintas interpretaciones que se les han atribuido a través del tiempo e incluso las diversas connotaciones que, simultáneamente, se le han aplicado y se les aplica a estas etiquetas. No se trata de conceptos unívocos, especialmente en lo que se refiere a la “posmodernidad” puesto que la misma naturaleza de esta idea implica la noción del no-significado específico de las cosas, lo cual, claro está, incluye al propio posmodernismo. Habitualmente se recurre a las denominaciones genéricas como una fórmula de simplificación de la tarea para evitar así complejas individualizaciones, con lo que no siempre se hace justicia.

    La modernidad es heredera de una larga tradición cuyo comienzo puede situarse en la Grecia clásica, en donde comienza el azaroso proceso del logos, esto es, el inquirir el porqué de las cosas y proponerse la modificación de lo modificable en lugar de resignarse a aceptarlas sin cuestionamiento. Louis Rougier afirma que en esto precisamente consiste el mito de Prometeo, que expresa el intento de una ruptura con la superstición  y que la “contribución de Grecia a la civilización occidental consistió en darle sentido a la palabra ‘razón’. En contraste al Oriente, que se sometía en silencio a los mandatos de los dioses y los dictados de los reyes, los griegos trataron de entender el mundo en el que vivían […] Aparecen palabras nuevas que no tienen equivalente en las antiguas lenguas orientales: teoría, demostración lógica y silogismo. Esto registra un salto cuántico para el espíritu humano logrado en Grecia. Los griegos descubrieron el poder del pensamiento deductivo, las reglas de la demostración. Los griegos de la Escuela Eleática tempranamente distinguieron el campo de la opinión del de la verdad.”[1] Pero el modernismo propiamente dicho es renacentista aunque pueden rastrearse rasgos más o menos marcados en algunos escolásticos (mal que les pese2) y especialmente en la escolástica tardía de la Escuela de Salamanca3. En todo caso, el llamado modernismo hace eclosión en la Revolución Francesa[2] antes de sumergirse en la contrarrevolución de los jacobinos, el terror y el racionalismo iluminista.

El posmodernismo, por su parte, irrumpe aparentemente a partir de la sublevación estudiantil de mayo de 1968 en París[3] y encuentra sus raíces en autores como Nietzsche y Heidegger6.

     Los posmodernistas acusan a sus oponentes de “logocentristas”, rechazan la razón, son relativistas epistemológicos (lo cual incluye las variantes de relativismo cultural y ético) y adoptan una hermenéutica de características singulares, también relativista, que, por tanto, no hace lugar para interpretaciones más o menos ajustadas al texto. George B. Madison explica que “una de las cosas que el posmodernismo subraya es que, de hecho, no hay tal cosa como el sentido propio de nada […] es lo que I. A. Richards muy acertadamente ha titulado como ‘La superstición del significado propio’. El posmodernismo mantiene que todo significado es dialéctico.”7 Esto, como queda dicho, en última instancia se aplica también al “significado” del propio posmodernismo. Por eso es que Denis Donoghue señala que a prácticamente todo estudiante de nuestra cultura se le requiere que, entre otras cosas, exponga su posición frente al posmodernismo, aunque en realidad signifique cualquier cosa que queramos que signifique.8 Featherstone nos dice que “hasta ahora no existe un acuerdo general sobre el significado del término posmoderno”. Sin embargo, curiosamente, en la misma página, concluye que “El posmodernismo es de interés para una amplia gama de prácticas artísticas y de disciplinas de las ciencias sociales y las humanidades porque hace que prestemos atención        a          cambios          que      se        producen         en        la cultura contemporánea”.9

En uno de los libros de Isaiah Berlin que reúne una colección de textos[4] se refiere a algunos aspectos que resultan consubstanciales con los del posmodernismo, aunque esta terminología no existía en esa época. Berlin se refiere a un punto de inflexión en la historia que se produce “hacia finales del siglo XVIII, principalmente en Alemania; y aunque es generalmente conocido bajo el nombre de ‘romanticismo’, su significado e importancia no han sido completamente apreciados incluso hoy día”[5]. Afirma que se trata de “una inversión de la idea de verdad como correspondencia, o en todo caso como relación fija, con la rerum natura, que viene dada y es eterna y que constituye la base de la ley natural”[6]. En Fichte se ve que “lo que importa es su tesis de que los valores se construyen, no se descubren”[7]. En resumen, muestra “como la esencia del hombre se identifica ahora, no con la razón, que debe ser una en todos los hombres, sino con la fuente de la acción, la voluntad; las voluntades de los hombres pueden entrar en pugna de un modo en el que los productos de la razón -afirmaciones descriptivas verdaderas- lógicamente no pueden entrar”[8], es en definitiva “la ruptura con el mundo clásico objetivo”15. Dice Berlin que para el romanticismo sólo el grupo existe y no el individuo, lo cual “lleva en su forma socializada la idea de autarquía -la sociedad cerrada, planificada centralmente de Fichte y de Friedrich List y de muchos socialistas- que los aísla de la interferencia exterior para poder ser independientes y expresar su propia personalidad interna sin interferencia de otros hombres”[9]. Insiste Berlin que este modo de ver las cosas significa una “inversión de valores”[10]. “Es en este tiempo cuando la propia palabra ‘realismo’ se vuelve peyorativa”[11]. “A Napoleón lo representaban sus admiradores románticos haciendo con los seres humanos lo que Beethoven hacía con los sonidos, o Shakespeare con las palabras […] El imperio de Napoleón es concebido como el equivalente de una sinfonía, una epopeya […] Esta es la doctrina subyacente al nacionalismo, al fascismo”[12]. Asimismo, Berlin sostiene que “una actitud de este tipo es la que ha revivido en épocas modernas en forma de existencialismo […] Pues las cosas no tienen, en este sentido, naturaleza alguna; sus propiedades no tienen relación lógica o espiritual con los objetos o la acción humana”[13]. Y concluye que “Ningún movimiento en la opinión humana ha tenido una envergadura y efecto similares. Todavía aguarda a sus historiadores […] Esto, por sí solo, me parece razón suficiente para prestar atención a ese extraordinario, y a veces siniestro, fenómeno”[14].

Cuando se alude a la razón debe, en primer lugar, precisarse qué se quiere decir con la expresión racionalismo. Hay dos vertientes muy distintas y opuestas en esta materia. Por un lado, el racionalismo crítico, para recurrir a una expresión acuñada por Popper, y, por otro, el racionalismo constructivista, término que adopta Hayek. En el primer caso, se hace referencia al rol razonable de la razón[15] como herramienta para hilar proposiciones en la argumentación según las reglas de la lógica[16] en el afán de buscar el mayor rigor posible para incorporar dosis crecientes de verdades ontológicas. En el mar de ignorancia en que nos debatimos, de lo que se trata es de que a través de debates abiertos entre teorías rivales resulte posible incorporar fragmentos de tierra fértil en que sostenernos, en base a corroboraciones provisorias pero siempre sujetas a posibles refutaciones. La conciencia de las limitaciones de la razón y el escribir esta expresión con minúscula, desde luego que no significa tirar por la borda el instrumento fundamental de que disponemos para entendernos a nosotros mismos e intentar el entendimiento del mundo que nos rodea. De la falibilidad no se sigue el escepticismo, que, por otra parte, en contradicción con sus propios postulados, pretende afirmar como verdad que le está vedado a la mente la posibilidad de captar verdades.

La ingeniería social  y la planificación de vidas y recursos ajenos proviene de la arrogancia del racionalismo constructivista o del Iluminismo que no considera que la razón tenga límites y que todo lo puede abarcar. Hayek atribuye la inspiración y el inicio de esta vertiente a “Francis Bacon, Thomas Hobbes y particularmente a Rene Descartes […] esta forma de racionalismo social o constructivismo desemboca en el socialismo moderno, la planificación y el totalitarismo”.[17] Para ilustrar el punto, Hayek cita de la segunda parte del Discurso del método dos pensamientos: “raramente hay tanta perfección en los trabajos compuestos por muchas partes separadas en las que se han empleado diferentes manos, como en aquellos que se han completado por una sola persona” y más adelante destaca otra afirmación de Descartes en cuanto a la importancia que se deriva del diseño de “un legislador sabio”[18]. A su vez, Ortega y Gasset, también en su crítica al racionalismo de este tipo (que distingue de lo que denomina la “razón vital”), cita a Descartes de este modo: “Todo lo que la razón concibe dice en la Meditación cuarta- lo concibe según es debido y no es posible que yerre”.[19] Sin duda que resulta natural que a Hayek le parezca inaceptable el racionalismo constructivista, especialmente si se declara heredero de Bernard Mandeville, David Hume, Carl Menger[20] y de Adam Ferguson de quien ha tomado la diferencia central entre acción humana y designio humano[21].

Es conveniente, sin embargo, aclarar que las limitaciones de la razón no significan que en el ser humano -el animal racional- puedan tener lugar acciones irracionales. Ludwig von Mises explica este punto cuando sostiene que frecuentemente se utiliza el término “irracionalidad” para aplicarlo a acciones equivocadas en lo que se refiere a la utilización de ciertos medios y métodos con la intención de lograr específicos fines. Afirma que “las prácticas de la magia hoy se califican de irracionales. No eran adecuadas para lograr las metas apetecidas. Sin embargo, las personas que recurrían a ellas creían que eran las técnicas correctas, del mismo modo que, hasta mediados del siglo pasado [XIX], los médicos creían que la afluencia de sangre curaba varias enfermedades. […]. Resulta confusa la calificación de las acciones de otros como irracionales para aludir a personas cuyos conocimientos están menos perfeccionados respecto de quien hace la descripción”[22]. Esta confusa terminología nos convertiría a todos en irracionales, dado que el conocimiento siempre será incompleto e imperfecto. Distinta es la afirmación que indica que se está usando mal la razón en el sentido de que no se siguen las reglas de la lógica, para lo cual es mejor recurrir a la expresión ilógico o, en su caso, que no se la está utilizando con propiedad para apuntar a la verdad ontológica al efecto de señalar la falsedad de una proposición, o cuando las conductas se estiman reprobables, pero, cualquiera sea la situación, el término irracional no ayuda a clarificar el problema.

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