El Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967 prohíbe a los Estados reclamar soberanía sobre la Luna, Marte o los asteroides, pero deja en un limbo jurídico la propiedad privada. Esa incertidumbre elimina uno de los incentivos económicos más poderosos para el desarrollo comercial y el asentamiento de cuerpos celestes. La historia —desde el Salvaje Oeste hasta las reformas espontáneas en China y Vietnam— demuestra que los derechos de propiedad suelen surgir primero desde abajo y solo después son reconocidos por la ley. Un experimento mental con SpaceX en Marte y REITs de asteroides muestra cómo podrían crearse esos derechos y desatar una auténtica carrera por el espacio.

Sin derechos de propiedad en el espacio, falta uno de los incentivos económicos más importantes para el desarrollo comercial —y, en última instancia, el asentamiento— de los cuerpos celestes. El Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967 prohíbe a los Estados reclamar soberanía sobre los cuerpos celestes o sobre terrenos situados en ellos. La idea subyacente reflejaba el pensamiento dominante de la época: el espacio pertenece a toda la humanidad.
La cuestión de si los individuos o las empresas privadas pueden adquirir derechos de propiedad sigue sin resolverse. El tratado no dice nada de manera explícita sobre la propiedad privada, en gran medida porque en la década de 1960 casi nadie imaginaba que, apenas unas décadas después, empresarios como Elon Musk o Jeff Bezos dispondrían de los recursos financieros y los conocimientos tecnológicos necesarios para lograr lo que entonces se consideraba posible únicamente para los gobiernos.
La ausencia de derechos de propiedad es una razón importante por la que la humanidad ha avanzado menos de lo que muchos esperaban en la exploración y el desarrollo del espacio. Una vez que Estados Unidos ganó la carrera hacia la Luna, el incentivo para la siguiente etapa de la exploración espacial desapareció en gran medida.
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Consideremos un experimento mental. Imaginemos que quien llegue a un asteroide con una nave espacial y comience a explotarlo obtiene el derecho a reclamar la propiedad de ese asteroide y a cotizarlo en bolsa como un fideicomiso de inversión inmobiliaria (REIT). O imaginemos que quien llegue a Marte y comience a construir un asentamiento —ya sea con robots o, eventualmente, con colonos humanos— obtiene el derecho a declarar como propiedad privada los terrenos circundantes. Tales derechos crearían incentivos económicos extraordinariamente poderosos. Hoy, en cambio, la situación jurídica de los actores privados es, en el mejor de los casos, incierta. Comenzaría una verdadera carrera por alcanzar estos cuerpos celestes, y surgirían inversionistas dispuestos a financiar estas ambiciosas iniciativas.
Sin embargo, existen buenas razones para creer que este proceso comenzará incluso sin un marco jurídico claro. La historia sugiere que esto no es la excepción, sino la regla. Pensemos en la colonización del oeste estadounidense. En su clásico libro El misterio del capital, el reconocido economista Hernando de Soto describió el proceso de la siguiente manera:
«Estados Unidos se estaba llenando de inmigrantes, quienes establecían límites, araban campos, construían viviendas, transferían tierras y establecían crédito mucho antes de que los gobiernos les concedieran derecho alguno para realizar estos actos. Eran los días de los pioneros y del “Salvaje Oeste”. Una de las razones por las que era tan salvaje era que aquellos pioneros, la mayoría de ellos simples ocupantes sin título, insistían en que su trabajo, y no los títulos formales de propiedad ni las líneas fronterizas arbitrarias, era lo que daba valor a la tierra y establecía la propiedad. Creían que si ocupaban la tierra y la mejoraban con casas y granjas, esta les pertenecía».

Contrariamente a una idea errónea bastante extendida, los derechos de propiedad no surgieron inicialmente mediante actos formales de gobierno impuestos desde arriba. Evolucionaron espontáneamente desde abajo. Como explica de Soto: «Para ser legítimo, un derecho no necesariamente tiene que estar definido por la ley formal. Basta con que un grupo de personas apoye firmemente una determinada convención para que esta sea reconocida como un derecho y defendida frente a la ley formal». Solo posteriormente, durante los primeros años de la historia de Estados Unidos, los gobiernos legalizaron formalmente aquello que los colonos ya habían establecido en la práctica.
El capitalismo, a diferencia del socialismo, se desarrolla como un orden espontáneo desde abajo. Hemos visto repetirse este patrón en la historia más reciente, particularmente en antiguos países comunistas como China y Vietnam.
Mucho antes de que se levantara oficialmente la prohibición de la agricultura privada en 1982, campesinos de toda China reintrodujeron espontáneamente la propiedad privada, desafiando la doctrina socialista. Los resultados fueron extraordinarios. La producción agrícola aumentó rápidamente y las recurrentes escaseces de alimentos llegaron a su fin. Para 1983, casi toda la agricultura de China había sido descolectivizada.
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La historia fue similar en Vietnam. Tras las reformas orientadas al mercado iniciadas en 1986, la pobreza disminuyó de casi el 80 por ciento a apenas el 3 por ciento. Sin embargo, muchas de estas reformas simplemente legalizaron procesos que ya se habían producido desde las bases. Los colectivos agrícolas e incluso las empresas estatales comenzaron a ignorar cada vez más las regulaciones oficiales. Abandonaron la producción colectiva y celebraron contratos no autorizados (Khoán chui) entre colectivos y familias o entre granjas estatales y comerciantes privados. Esto llegó a conocerse como Phá rào, o «romper la cerca».
Algunos académicos sostienen que estos procesos espontáneos surgidos desde las bases —y no las decisiones del Partido Comunista— fueron la verdadera fuerza impulsora de las reformas de Vietnam. Como explica la investigadora vietnamita Vu Le Thao Chi: «Se acerca más a la realidad de los hechos afirmar que el Estado actuó más bien como un agente de ajustes y, al hacerlo, sancionó la forma en que los agricultores comunes se esforzaban por sobrevivir a un camino impredeciblemente sinuoso». La economista Tran Thi Anh-Dao y otros académicos sostienen igualmente que el proceso de reformas de Vietnam comenzó «con prácticas basadas en la evidencia a nivel microeconómico (local) que posteriormente fueron aplicadas a nivel macroeconómico (nacional)».
En mi libro Nuevo capitalismo espacial, donde analizo en detalle las cuestiones jurídicas, respondo de la siguiente manera a la pregunta «¿Quién debería tener derecho a adquirir propiedades en el espacio?»: aquellos que dispongan de los recursos financieros y estén dispuestos a asumir los riesgos necesarios para llegar hasta allí, desarrollar la tierra y darle un uso productivo.

Si SpaceX consigue llegar a Marte y comienza a construir asentamientos permanentes en el planeta rojo, entonces la propiedad de la tierra debería corresponder inicialmente a SpaceX. No la totalidad del planeta, por supuesto, sino una superficie razonable; por ejemplo, aproximadamente del tamaño de Singapur. Dado que la superficie de Marte es aproximadamente 200.000 veces mayor que la de Singapur, SpaceX inicialmente sería propietaria de apenas alrededor del 0,0005 por ciento del planeta. Eso sería suficiente para establecer múltiples asentamientos, al tiempo que dejaría espacio más que suficiente para futuros competidores.
SpaceX podría financiar sus costos de transporte y desarrollo incorporando estos terrenos marcianos a un fideicomiso de inversión inmobiliaria (REIT) y cotizándolo en bolsa. El mercado determinaría su valor.
El mismo principio podría aplicarse a los asteroides. Al menos en el caso de los cuerpos celestes de menor tamaño, la propiedad podría concederse a quienes fueran capaces de extraer recursos valiosos como agua o platino. La solución más práctica probablemente sería incorporar el asteroide completo a un REIT que cotizara públicamente en bolsa. Los inversionistas financiarían las operaciones mineras, mientras que los accionistas recibirían finalmente dividendos generados por la extracción de recursos. Incluso antes de que se obtuviera el primer dólar de ingresos o se pagara el primer dividendo, podría surgir un mercado funcional para estas acciones.
Esto es, por supuesto, solo un experimento mental. Pero muestra una manera en la que la propiedad en el espacio podría llegar a existir, creando las bases para que la humanidad aproveche el enorme potencial económico del espacio.
Rainer Zitelmann es autor del libro “Nuevo capitalismo espacial” https://www.



